El honor a la palabra dada no siempre es una virtud

 

 

En sus últimas horas como político, Pedro  Sánchez ha ofrecido, sin pretenderlo, la clave más certera de su fracaso al frente del PSOE: su incapacidad de pedir perdón y de rectificar. Es lo que, según su confesión, le enseñaron sus padres: mantener la palabra dada. Lo decía como un elogio a la educación recibida, sin caer en la cuenta de que la grandeza de las personas no consiste solo en la congruencia de lo que se piensa y se hace, sino, sobre todo, en darse cuenta de que se puede estar equivocado y, por ende, en reconocer los errores cometidos para enmendarlos.

¿Se daba cuenta Sánchez de que la mayoría de su propio partido estaba en contra de lo que pensaba y hacía? Es importante hacerse esta pregunta porque, en el fondo, lo que ha hecho Sánchez ha sido negarse a dialogar tanto en el interior del PSOE como en las dos sesiones de investidura de Mariano Rajoy. Con el pretexto de ser coherente con una ideología que, en el fondo, estaba basada en una falacia –creer que son los demás los que tienen la culpa de todo- Sánchez ha negado hasta la realidad de la sociedad a la que pretendía gobernar en alianza con quienes pretendían –y pretenden- romper España o sabotear hasta la misma convivencia social.

Su palabra, es decir, la negación de sus fracasos que incluso llegó a convertir en éxitos, la ha mantenido hasta el final, cierto. Pero eso no es un honor y una virtud, sino una ceguera moral que le impedía admitir que las verdades humanas no son absolutas y que siempre cabe al menos, la duda. Sánchez no ha dudado y, además, se ha despedido del poder ejercido de manera tan sectaria, convencido de que llevaba la razón… con una incoherencia añadida: había prometido rechazar una votación adversa del Comité Federal y, en una aparente fidelidad a su partido, ha admitido que ahora acatará lo que digan los nuevos dirigentes.

Ya sabemos que Sánchez miente y que su inflexibilidad le impide volver a la política activa. ¿Qué hubiera hecho de haber conseguido ocupar su soñado sillón en La Moncloa? Parece obvio: compartir el Gobierno con su principal rival, Podemos, incluso con los separatistas catalanes, y desfigurar por completo el papel que ha desempeñado el socialismo en la estabilidad de España desde que decidió abandonar el marxismo. ¡Se iba a echar en manos de lo peor que ha quedado del totalitarismo soviético! Esa ha sido su referencia ética y moral.

Lo que ha pasado ha sido, simplemente, que los herederos de auél PSOE que hizo posible la Transición a la democracia, le han dicho “no”. Es decir, con la prudencia del PP como telón de fondo, los “suyos” le han administrado una buena dosis de su “doctrina” negacionista.

Todo esto es ya historia, claro, y nos queda por ver qué pasará mañana. Pero al menos, el empecinamiento sectario de Sánchez ha conseguido algo positivo: llevar a la reflexión al seno del PSOE y que la mayoría de sus dirigentes, se pregunten por qué el partido ha ido de fracaso en fracaso mientras lo han mantenido como Secretario General.

A Sánchez nunca se le pasó por la cabeza que rectificar es de sabios. Se ha tardado mucho, acaso demasiado, en desalojarlo de Ferraz. Una pena de tiempo perdido.

 

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