Apocalipsis now

 

En la madrugada del 27-J aparecerá una gran señal en el cielo: un gran dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, barrerá en un santiamén la tercera parte de las estrellas del cielo y nadie podrá escapar el desierto porque las llamas salidas de la boca del dragón habrán alcanzado a los viejos políticos.

En Ferraz y en Génova, todo es llanto y crujir de dientes. Es el Apocalipsis, la Revelación de lo que va a ocurrir, el Apocalipsis Now del que hizo una caricatura aquel malvado el coronel Kart en la guerra de Vietnam, inventado –no tanto- por Coppola… Pero no nos pongamos trágicos: ya hemos tenido a lo largo de la historia diferentes manifestaciones del dragón poderoso, el que todo lo puede mientras se le deje. Una veces en forma de Atila, otras de Hitler, otras bajo el mostacho de Stalin, cuando no se estilaban las coletas y el color morado estaba reservado para la liturgia cuaresmal. Es un dragón que aparece y desaparece, que embauca, que seduce, que suscita aclamaciones de admiración, cuando no de terror. Es el mismo que visitó Camboya en forma de Pol Pot y se llevó la cuarta de la población a los osarios del recuerdo. El mismo que se disfraza en Venezuela de Maduro y en Cuba de los hermanos Castro, todo ellos adorados por sus múltiples seguidores bien alimentados.

Antes de llegar a España disfrazado de socialdemócrata, el dragón rojo ya anticipó su venida el 15-M que, a su vez, trató de imitar la revolución de Mayo del 68, esa que, pasado un tiempo, hizo proclamar a Gilles Lipovestsky la “era del vacío”, el estallido de lo social, la era posmoderna. Una era caracterizada por la disolución de lo político y la aparición del hombre-rey que maneja su existencia –y su sexo- a la carta. Un vacío que permitió la aparición de una nueva ideología inspirada por el propio Dragón apocalíptico: la ideología de género, gracias a la cual cada cual puede manejar su existencia a la carta, un vacío que ha absorbido la naturaleza humana, como certificó un tal Rodríguez Zapatero sin saber que era una marioneta en las garras del Dragón, envuelto en la bandera de la ONU.

El vacío fue ocupado así por el placer. El hombre –y la mujer, y los adscritos a cualquier otro género inventado- se convirtieron en máquinas del placer. Ya lo dijo el entonces Victor Alba, el gurú de la izquierda, que tardaba en llegar: La derecha tendrá siempre sus “paparruchas” de la fe y de la vida eterna mientras la izquierda, que no cree en nada de eso, tiene que dar al pueblo otra cosa para que la vote. ¿Qué cosa? El placer, idiotas, el placer. Ni economía, ni educación. El placer del adulterio libre, del aborto a la carta, de la ausencia de culpa, de la muerte de la moral. El placer de desterrar de la civilización ese atavismo cultural dominado por la Iglesia.

Se trata de disfrutar de todo, incluidos los orgasmos suscitados por el apaleamiento de los servidores del orden, convertidos en el hazmerreir de los dragoncitos del 15-M y de los que estos días pululan por el barrio de Gracia, de Barcelona.

Y ahora, ahitos de placer, en las puertas del nuevo cielo que les ofrece el dragón, enternecidos sus ojos de las siete cabezas, sus adoradores se disponen a buscar nuevas sensaciones, todas ellas placenteras hasta el infinito: ver a los ricos arrastrarse por las cloacas de la historia; a los ignorantes convertidos en reyezuelos de pueblos y ciudades; a los vagos de toda la vida alojados en majestuosos edificios, aptos para “okuparlos” sin necesidad de afrontar gastos.

Acaso Pedro Sánchez, antes de ser defenestrado en esa noche del 27-J sufra la inaguantable nostalgia de no haber cedido a las exigencias del Dragón cuando todavía no había asomado sus múltiples cabezas y cuernos. Puede, incluso, que el Consejo Federal de su Partido, sumido en el síndrome de Estocolmo, envíe a Sánchez a expiar su torpeza ocupando un silloncito adjunto en La Moncloa.

Y, por supuesto, ese otro Dragón sin cuernos que ocupó todo el poder durante cuatro años, con olvido de sus promesas -¡pero qué crisis ha podido impedir la defensa de la vida, de la familia, de la educación!- se lamerá las heridas en el exilio dorado de una oposición sin fuerza para cambiar nada, nada, nada…

Ha llegado la era del Dragón, ha llegado el Apocalipsis, ha llegado la hora de la penitencia. Eso es lo que hemos buscado entre todos, eso es lo que tenemos. Ahora toca adorar al monstruo…

 

 

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