EL CARNÉ DE IDENTIDAD DE DIOS

Pietro PAROLIN, *Secretario de Estado de la Santa Sede, en La Eazón

 

Quien acuda a estas páginas buscando nuevas revelaciones, quedará desilusionado. No es un libro en el que el Papa cuenta curiosidades inéditas o anécdotas de sí mismo. Tampoco es una entrevista sobre la actualidad de la vida de la Iglesia y del mundo. Con este libro, el Papa quiere hacernos entrar, casi cogiéndonos de la mano, en el gran y confortante misterio de la misericordia de Dios. Un misterio lejano a los cálculos humanos y sin embargo necesario y esperado por nosotros, peregrinos en este tiempo de desafíos y pruebas. «La misericordia existe», dice el Papa tras ser cuestionado sobre la relación entre misericordia y doctrina. La misericordia, añade Francisco, es «el carné de identidad de nuestro Dios», una imagen que ayuda a comprender el alcance de esta verdad cristiana. El volumen, que se lee ágilmente, tiene una característica que es particular de su principal autor, el Papa Francisco: es un libro que abre las puertas, que las quiere mantener abiertas, y pretende mostrar las posibilidades, que desea ser un relámpago de la infi nita misericordia de Dios, sin la cual el mundo no existiría. El Papa no tiene, en estas páginas, la intención de defi nir, delimitar o afrontar la casuística, descendiendo a los aspectos particulares que conciernen a las elecciones de la vida de las personas. Permitidme que me refi era a una respuesta que ofreció durante la conversación que mantuvo con los periodistas en el vuelo de vuelta de Bangui el pasado 30 de noviembre, tras una cuestión sobre los métodos para combatir el sida, que comparó con la que los doctores de la ley le hacían a Jesús para ponerlo en difi cultades: «¿Es lícito guardar el sábado?». Me parece que la intención de estas páginas no es descender a casos singulares, sino más bien ampliar la mirada, introducir en el corazón de todos el deseo de experimentar en nuestra vida el don divino, lejano a nuestra lógica humana, pero necesario para sostenernos, alentarnos, animarnos y volver a comenzar siempre. Porque deja abierta las puertas y busca dejar entrever la misericordia de Dios, es un libro que en algunas páginas puede conmover. Conmueve porque el Papa Francisco, evocando en su propia experiencia los pasajes evangélicos, las citas de Padres de la Iglesia o de algunos de sus predecesores, presenta el rostro del Dios de la misericordia, el padre que toca los corazones y que busca incansablemente alcanzarnos para donarnos su amor y su perdón. Busca toda rendija, toda fi sura en nuestro corazón para alcanzarnos con su gracia. En el prefacio, el entrevistador cuenta lo que defi ne como «una pequeña escena entre bastidores » muy signifi cativa: «Estábamos hablando de la difi cultad de reconocernos como pecadores y, en la primera redacción que le había presentado, Francisco afi rmaba que ‘‘la medicina existe, la cura existe, siempre y cuando demos un pequeño paso hacia Dios’’. Tras releer el texto, me llamó y me pidió que añadiera: ‘‘… O cuando tengamos al menos el deseo de darlo », una expresión que yo torpemente había dejado caer en el trabajo de síntesis. En esta adición, o, mejor dicho, en este texto correctamente retocado, hallamos todo el corazón del pastor que busca asimilarse al corazón misericordioso de Dios y que hace todo lo posible para llegar al pecador». A Dios le basta una mínima rendija y, si falta la fuerza para dar el paso hacia él, basta el deseo de darlo, porque la acción de la Gracia puede tomar la iniciativa. Ante la pregunta de por qué hoy la humanidad tiene necesidad de misericordia, el Papa responde: «Porque es una humanidad herida, una humanidad que arrastra heridas profundas. No se sabe cómo curarlas o cree que no es posible curarlas. Y no se trata tan sólo de las enfermedades sociales y de las personas heridas por la pobreza, por la exclusión social, por las muchas esclavitudes del tercer milenio. También el relativismo hiere mucho a las personas: todo parece igual, todo parece lo mismo. Esta humanidad necesita misericordia. Pío XII, hace más de medio siglo, dijo que el drama de nuestra época era haber extraviado el sentido del pecado, la conciencia del pecado. A esto se suma hoy también el drama de considerar nuestro mal, nuestro pecado, como incurable, como algo que no puede ser curado y perdonado. Falta la experiencia concreta de la misericordia. La fragilidad de los tiempos en que vivimos es también ésta: creer que no existe posibilidad alguna de rescate, una mano que te levante, un abrazo que te salve, que te perdone, te inunde de un amor infi nito, paciente, indulgente; que te vuelva a poner en el camino. Necesitamos misericordia ». Francisco toca otro punto sensible, otra característica de nuestro tiempo. Hemos perdido el sentido de pecado, pero también la fe en encontrar una luz, un apoyo que nos permita salir de la desesperación, de nuestros error, de las jaulas que a veces construimos. Nuestra sociedad, que hoy defi nimos como líquida, parece haber perdido no tanto el sentido del mal como la fe en la existencia de alguien que nos puede levantar cuando caemos.

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