¡Váyase de una vez, señor Sánchez!

 

Vamos a ver: ¿Cuál es la razón del reiterado “no, no” del PSOE a Rajoy para formar un gobierno estable, tal y como demanda la sociedad? La pregunta está dirigida no solo al Secretario General frl PSOE, el gran mareador de perdices y engañabobos Pedro Sánchez, sino a su Comité Fderal. ¿Es que el PP, con sus siete millones largos de votantes, tiene menos puntos en común con los socialistas que Podemos? Parece obvio que la respuesta es afirmativa, dejando aparte la obsesión de Sánchez por ser presidente.

Ahora bien: ¿Por qué Mariano Rajoy se empeña en formar gobierno con ese partido socialista que se ha negado –hasta ahora- a hablar con él? Responder a estas preguntas nos lleva a echar una mirada atrás, a la Transición y mucho, mucho antes, a la guerra civil, a la República… ¿Es demasiado? Desde la muerte de Adolfo Suárez no se ha hablado tanto y con tanta nostalgia de la Transición, la que hizo posible la Constitución de 1978, a pesar del acoso y derribo al que fue sometido el presidente de la extinta UCD. No nos acordamos del clima de ruptura que entonces cultivaba el recién resucitado PSOE, que negaba el pan y la sal a la “derecha”?

Cierto que se alcanzó el consenso en la elaboración de la Constitución de 1978, gracias en buena medida al papel decisivo desempeñado por Santiago Carrillo. Y cierto también que años después llegó el casi olvidado Pacto de Toledo, firmado en 1994 por todos los grupos parlamentarios de entonces. Pero en los largos años del denostado  bipartidismo, no puede decirse que PSOE y PP se hayan dado la mano muchas veces para llegar a pactos sustanciales sobre materias claves como la educación o las reformas sociales.

Digámoslo sin rodeos: la izquierda socialista –que al menos supo despojarse del marxismo en un momento de lucidez de Felipe González- nunca ha mirado con buenos ojos a una derecha de la que siempre ha sospechado conexiones más o menos ideológicas y sentimentales con el franquismo.

Lo mejor que podría decirse, al menos hasta la llegada de Zapatero a La Moncloa tras el tremendo golpe del terrorismo el 11-M -¡cuantas incógnitas por despejar!-  es que PSOE y PP tan solo se han soportado… con la guardia en alto. El disimulo se acabó con el zapaterismo que, sin tener la mayoría absoluta pero con el apoyo del nacionalismo y la izquierda más radical –tan alejada del espíritu conciliador de Carrillo- sacó a la luz toda su panoplia de los viejos rencores, desde la adoctrinadora ley de educación hasta la ley del derecho al aborto, pasando por la ley de “memoria histórica”.

Nunca quiso el PSOE recabar el consenso del PP… salvo en un momento en que ya España se jugaba ya su destino en Europa, cuando hubo que reformar la Constitución para incluir el famoso articulo 135 que garantiza la estabilidad presupuestaria y que, por supuesto, no pudo aplicar un inane Zapatero, obligado a adelantar las elecciones en plena crisis económica y social. Y llegaron los “recortes”, la mano dura para restablecer las cuentas públicas y, como era de esperar, la hosca oposición de la izquierda. No tuvo valor Rajoy de reformar las leyes zapateriles que incluso había recurrido ante el Tribunal Constitucional, con el pretexto absurdo de que no había “consenso” con los demás partidos, como si le hubiese hecho falta con sus 186 escaños.

Todo esto es demasiado sabido aunque sea necesario recordarlo, una y otra vez, para entender lo que nos sucede hoy. Y lo que nos ocurre es que, deshuesado el PP de su “incómoda” mayoría parlamentaria y con un PSOE desahuciado de su hegemonía izquierdista, ha cobrado toda su actualidad la “memoria” de esa historia que el socialismo perdedor de la guerra civil siempre ha querido recuperar con un afán vengativo, ahora reforzado con la “nueva” izquierda radical que representa Pablo Iglesias.

Ahí reside una de las razones por las cuales Pedro Sánchez ha visto a Pablo Iglesias, desde el 20 de diciembre pasado, como su aliado “natural”, aunque todos seamos testigos de los denuestos que se han lanzado recíprocamente. ¿No hemos oído de boca de algunos de sus portavoces, que más vale un mal pacto PSOE-Podemos que un gobierno con el PP? No vale la pena hablar siquiera del papel de confusión que ha jugado el novato Albert Rivera como aliado de Sánchez, a sabiendas de que el famoso pacto de los doscientos puntos firmado por ambos, nunca podría servir de base para sentarse con el PP. Se hubiera vuelto loco Mariano Rajoy si hubiese  aceptado ese documento que trata de derogar todo lo que ha hecho en estos últimos cuatro años. Todos los sufrimientos padecidos por la mayoría de la sociedad no hubieran valido de nada, salvo para castigar en las urnas al PP y  alumbrar un parlamento ingobernable.

Ha sido realmente una pena no haber tenido la oportunidad ofrecida por Mariano Rajoy de ver  en un gobierno de coalición a ministros del PP, PSOE y Ciudadanos  ¡Eso sí que hubiese sido un cambio realmente histórico en España! Pero el espectáculo que nos han ofrecido Sánchez y Rivera en su simulacro de investidura, tiene al menos la virtud de que se ha podido conocerse  en directo la hipocresía de los actores del sainete.

¿Quién sale reforzado ante las próximas elecciones… si las hay, que aún persiste la duda? Dicen algunos analistas que Pedro Sánchez ha conseguido “transfigurarse” ante su Comité Federal, lo cual quiere decir que repetirá como candidato socialista, toda una garantía de éxito electoral por lo que se deduce, dicho sea con la guasa suficiente. También se dice que Albert Rivera ha demostrado una gran talla de estadista, un hombre con capacidad de negociar y pactar, siempre que no sea con el PP. En cuanto a Rajoy, todo va a depender de lo que haga y diga en los próximos días. De momento, ya le ha di cho a Sánchez lo mismo que Aznar le dijo a Gonzáles: que se vaya de una vez, que ya está bien de teatrillo de aficionados.

Puede que oferta de “gran coalición”, cargada de lógica a pesar de los insultos de Sánchez, llegue a cristalizar a última hora del plazo establecido si el PSOE cambia de candidato. Pero también puede que ¡todavía! sea posible el entendimiento entre los “aliados naturales” de la izquierda. ¿Y Rivera? ¿Y Podemos? Puede que uno haya perdido el tiempo y otro lo haya ganado para sus propósitos electorales. Pronto tendremos un juez inexorable: el que salga de las urnas el 26 de junio. Lo importante es que ese juez no se haya “politizado” en exceso durante el tiempo que dura la función teatral…

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