¿El Islam es la solución o el Islam es el problema?

 

 

 

Dos años después de la “primavera árabe”, Manuel Cruz publicó en «Aceprensa» el siguiente análisis que esclarece buena parte de los problemas que hoy tenemos tras los atentados de Paris.

 

 

 Mucho antes de que estallara la “primavera árabe” -¡hace ya dos años!- el grito unánime que parecía unir a los países musulmanes frente a la “modernidad” importada por las potencias coloniales o el fracaso del nacionalismo forjado en las no menos fracasadas guerras contra Israel, era el de “El Islam es la solución”.

Las dictaduras más o menos encubiertas que acogieron la herencia colonial, con algunas excepciones, se habían ocupado de reprimir a fondo las organizaciones consideradas “islamistas” y que propugnaban ese Islam político que llevaba en sí la solución a todos los problemas sociales y económicos. Así, cuando estallaron las ya históricas revueltas populares como consecuencia del suicidio a lo bonzo de un joven vendedor ambulante tunecino, Mohamed Buazizi, el islamismo reprimido durante décadas por las dictaduras militares –Túnez, Egigto, Libia…- no tardó en ponerse a la vanguardia de los movimientos espontáneos de protesta que, sin cabeza ni organización, derrocaron los corrompidos regímenes que, hasta entonces, habían gozado de la protección occidental.

Dos años después ¿con qué nos encontramos? Los islamistas se han hecho con el poder, tal y como estaba previsto, pero, de momento, no se ha podido comprobar que el Islam haya sido precisamente la solución de nada. Las manifestaciones de protesta se suceden en los países que fueron pioneros de la “revolución” –Túnez y Egipto- ante la incapacidad manifiesta de los nuevos gobernantes de hacer frente a las dificultades económicas, el paro creciente y, sobre todo, el radicalismo islamista que trata de imponer nuevas costumbres a una sociedad mucho más pluralista de lo que se creía.

Ahora bien, si esta oleada de protestas empieza a tomar amplitud en los dos “países-modelo” de la llamada “primavera árabe”, nos encontramos con unas realidades muy diferentes en uno y en otro caso. En Egipto, el mayor de los países árabes, ya se ha adoptado una Constitución que implanta la “sharía” o ley islámica como el principio inspirador de toda la legislación que vaya a desarrollarse a partir de ahora y en a cual está abierta toda sospecha de radicalización. Elaborada después de intensas disputas y protestas callejeras, por la mayoría islámica que copa el Parlamento, fue después respalda en referéndum por una mayoría del 63 por ciento… con una participación que apenas rebasó el 37 por ciento del censo electoral. También ha sido elegido un presidente –Mohamed Morsi- perteneciente a la cofradía-partido de los Hermanos Musulmanes que integran, junto a los salafistas –mucho más radicales- la mayoría absoluta del Parlamento.

Mientras tanto, en la pionera Túnez, la asamblea constituyente elegida hace más de un año, tiene paralizados sus trabajos desde hace meses porque la mayoría islámica –representada por el partido En Nahda, “renacimiento”- que aspira a una islamizaión progresiva y “democrática” del país- no consigue un mínimo consenso con sus coaligados laicos para elaborar una Constitución que dé paso a nuevas elecciones. Simultáneamente, se han producido dos fenómenos externos al juego parlamentario. Por un lado la formación de una Liga de Protección de la Revolución, inspirada por el propio partido mayoritario En Nahda aunque en ella militen radicales islamistas –sobre todo salafistas- que se dedica a la “caza de brujas” para neutralizar por el terror a quienes considera “elementos contrarrevolucionarios”. Por otro lado nos encontramos con una creciente sociedad civil contraria a la islamización del país y que, lejos de amedrentarse, no deja de ejercer su presión para que no ocurra como en Egipto y se cometa el hecho consumado de una nueva Constitución que imponga la “sharía”.

Así, mientras el Gobierno tripartito tunecino se devana los sesos para relanzar la economía sin el menor éxito y los diputados constituyentes se libran a interminables discusiones sobre “sharía” sí, sharía no”, se ha desarrollado un clima de enfrentamiento civil con continuas algaradas callejeras, delaciones, asaltos a sedes de los partidos liberales o de izquierdas. Más aún: se ha detectado un tráfico de armas en la porosa frontera con Libia con destino a las milicias de la Liga a la que se acusa con fundamento de estar detrás del asesinato del dirigente izquierdista Chokri Belaid lo que, a su vez, ha provocado una huelga general decretada por el poderoso sindicato UGTT y la rebelión de una buena parte de la sociedad. Para mayor confusión, el primer ministro, Hamadi Yebali, perteneciente a En Nahda, ha sido desautorizado por la cúpula de su propio partido tras anunciar su intención de sustituir al actual Gobierno, por otro de tecnócratas apolíticos, al modo italiano. La consecuencia de estas desavenencias internas ha desencadenado una crisis gubernamental de mayor calado: el partido laico Congreso para la República, coaligado con los islamistas, ha decidido retirar a sus tres ministros y dos secretarios de Estado que mantenía en el Gobierno al no ser atendida su exigencia de destitución de los ministros de Asuntos Exteriores y Justicia, perenecientes a En Nahda…

¿Podría concluirse que el “slogan” prerrevolucionario de “Islam es la solución”, está siendo sustituido por el de “el Islam es el problema? No me atrevería a tanto aunque la conclusión a que están llegando muchos analistas árabes –no digamos ya los occidentales- es que se han perdido las ilusiones suscitadas por la “primavera árabe”, sobre todo si añadimos a este panorama de enfrentamientos la situación de caos que prevalece en Libia donde proliferan las milicias armadas y anarquistas y, sobre todo, la guerra de Siria que enfrenta al propio mundo islámico y cuya complejidad exige un análisis más profundo.

La idea generalizada es que las dictaduras militares de Ben Ali, Mubarak y Gaddafi están siendo sustituidas por teocracias oscurantistas que tratan de llevar a la “umma” –la comunidad islámica- a los tiempos pretéritos en los que el profeta Mahoma predicó las revelaciones que más tarde fueron recopiladas en el Corán. Pero acaso sea pronto para llegar a esta conclusión solo por el hecho de que las rebeliones civiles que se registran en Egipto y Túnez estén poniendo de manifiesto unas ansias de libertad –unidos al problema del paro y de los bajísimos niveles de vida- que van más allá de los primeros resultados que arrojan las caídas de los viejos sistemas.

Conviene a este respecto distinguir los casos de uno y otro país, entre las protestas contra los hechos consumados en Egipto –la deriva autoritaria de un Morsi que se siente apoyado por una mayoría parlamentaria y popular frente a una minoría opositora que desprecia- y las que se suceden en Túnez para evitar precisamente que el dividido Parlamento caiga en la tentación de imitar la “solución” egipcia. Hay que tener en cuenta a este propósito la notable diferencia que existe entre la mayoría de la sociedad egipcia, mucho más uniforme en su aceptación del Islam como patrón legislativo, slvedad hecha de la minoría cristina y la muy occidentalizada y pluralista sociedad tunecina que llevó a la asamblea constituyente a más de veinte partidos políticos, casi todos laicos, aunque respaldó a los antaño reprimidos islamistas de En Nahda con un 42 por ciento de los votos que se tradujeron en 89 de los 217 escaños de la asamblea.

Lo que está aflorando en Túnez –algo que apenas se debate en Egipto, de momento- son las grandes contradicciones que enfrentan al Islam desde su aparición hace catorce siglos, es decir, los diversos criterios de interpretación del Corán, acentuados a partir de la implantación en Arabia Saudita hace dos siglos del “wabhabismo”, una corriente rigorista basada a su vez en el “hanbalismo” según el cual solo puede no hay interpretación posible de los textos sagrados… salvo su aplicación literal. En esta idea se inspiran, en buena parte, los Hermanos Musulmanes así como los movimientos yihadistas y terroristas como Al Qaída y el “salafismo”, la sombra radical de los Hermanos Musulmanes egipcios.

Si bien es verdad que En Nahda pretende implantar poco a poco en Túnez una acusada identidad nacional islámica, lo cierto es que la radical Liga de Defensa de la Revolución parece infiltrada por una minoría salafista que aspira a mucho más, de acuerdo con sus postulados: un cambio radical de costumbres sociales que conduzca a los creyentes a la época en que Mahoma empezó su predicación. Esta pretensión choca frontalmente con una parte nada despreciable de la sociedad tunecina, ampliamente influida por la cultura francesa y mucho más abierta que la egipcia al mundo moderno. Asi lo emostró la sopa de partidos representados en el Parlamento, aunque no exist una renuncia expresa o apostasía de la identidad islámica siempre que sea de la escuela malekita –como ocurre en Marruecos- inspirada en una espiritualidad, la sufí, manifiestamente tolerante y respetuosa con otros credos religiosos.

Esta es la raíz de las protestas sociales que sacuden a Túnez donde, en realidad, se está jugando el verdadero sentido de la “primavera árabe” que ya animó años atrás muchos debates entre los intelectuales árabes: o modernizar el Islam o islamizar la modernidad. La pugna está más abierta que nunca y por ello es bastante probable que tenga que pasar aún mucho tiempo antes de que conozcamos el resultado final de la “primavera árabe”. No obstante, hay que tener en cuenta un factor esencial: durante el tiempo de las dictaduras militares, al contrario de que ocurrió bajo las dictaduras comunistas sovietizadas, la sociedad civil no se ha preocupado de prepararse para un relevo democrático porque era prácticamente impensable un cambio político de estas dimensiones. En realidad, casi nadie estaba mentalizado para asumir la libertad y llevar las riendas de sus respectivos países, por mucho que se exigiera en las primeras y desorganizada rebeliones sociales de hace dos años que, además, no tuvieron en cuenta la capacidad de las agazapadas y prohibidas agrupaciones islámicas de ocupar el vacío de poder dejado por las dictaduras caídas.

De momento, como se lamenta el analista tunecino Frank Numa, en Egipto los Hermanos Musulmanes han sometido a sus compatriotas a una dictadura teocrática que supera a la que imperó bajo el dictado de Mubarak, con una deriva autoritaria reflejada en la represión de la libertad de expresión y de conciencia que afecta, sobre todo, a las minorías cristianas, antaño pilares de la vida cultural egipcia. No faltan, sin embargo, otros analistas que detectan en el propio pueblo egipcio la convicción de que las cosas mejorarán en el futuro en la medida que la democracia –en definitiva, el hábito de la libertad, empezando por la libertad religiosa- necesita tiempo para ser asimilada por una sociedad habituada a la dictadura.

Este breve análisis no quedaría completo sin echar una ojeada a la guerra civil en Siria así como a la expansión en la extensa región africana del Sahel del yihadismo –entendido como la imposición violenta del Islam en todo el mundo- que ha obligado a Francia a acudir en ayuda del tambaleante Gobierno de Mali para expulsar de sus bastiones del norte a los grupos radicales que pretendían apoderarse de todo el país para imponer la “sharía”.

Lo de Siria ofrece varios componentes que, en apariencia, se resumen en una prolongación violenta de la “primavera árabe” con el objetivo de derribar la dictadura “progresista” de la familia Asad. Pero la resistencia del régimen -apoyado por el Ejército, la casi infinita burocracia y las minorías chiíes, alauíes y cristianas- a la rebelión surgida de la minoría sunnita, ha conducido a una auténtica guerra civil en la que han entrado en juego unos factores estratégicos que no se daban en ningún otro país árabe. Por un lado está el respaldo que Bachar el Asad ha encontrado en Rusia, -que mantiene una importante base naval en la costa siria, fruto de antiguos acuerdos que datan de la “guerra fría”- así como el apoyo sin fisuras del régimen teocrático iraní, que no está dispuesto a perder su alianza estratégica con sus correligionarios sirios y libaneses –recuérdese la existencia del influyente partido chiita libanés Hizbolá- que, a su vez, dan toda su fuerza a la amenaza latente de destruir Israel y, por tanto, a su afán de dotarse de armas nucleares. Por otro lado tenemos a los países del Golfo, en especial Catar, sin excluir a Arabia Saudita, que no han dudado en armar a la dividida oposición siria… con el respaldo implícito de Estados Unidos a pesar de que, al socaire de la guerra, han entrado en acción elementos incontrolados del yihadismo, dispuesto a a reemplazar la dictadura de Asad por otra islamista… O sea, un caos en el cual ni la ONU con sus sucesivos mediadores y “planes de paz”, ni la Organización de Cooperación Islámica que ha mantenido estos días una “cumbre” en El Cairo, han podido aportar solución alguna. La primera incógnita que se plantea es cuánto podrá resistir aún Bachar el Asad pero la segunda es más impenetrable aún: qué pasará el día después de una eventual caída del régimen. Dejémoslo ahí, de momento.

En cuanto al caso de Malí hay que prepararse para una guerra larga en el Sahel. La reconquista por el ejército francés de la zona ocupada por los yihadistas, como bien ha demostrado el ataque a la planta gasística argelina de In Amenas, no significa nada como tampoco significó gran cosa la rápida expulsión del poder de los talibanes en Afganistán tras la intervención militar norteamericana en su lucha universal contra el terrorismo islámico. El Sahel es un nuevo Afganistán para Europa y expulsar de allí o exterminar a todos los grupos armados surgidos de la derrota del islamismo en Argelia, va a costar años de esfuerzo militar y desgaste en plena crisis económica. Y no habrá atisbo de solución mientras no sean los propios países islámicos, empezando por la rica Arabia Saudita, los que condenen sin ambages el yihadismo y lo combatan en el seno de sus propias sociedades, de sus predicadores, de sus imanes, de sus ulemas. Con lo cual volvemos a la raíz de la única revolución que podría acabar –a largo plazo, eso sí- con la violencia en el Islam: su conciliación con la razón y la libertad. O sea, la utopía.

Leave a Comment

Your email address will not be published.