El PSOE, de la grandeza a la mediocridad

 

A la persistencia del PSOE en negarse a apoyar al ganador de las elecciones para formar un gobierno estable, habría que aplicarse aquella frase de  Chesterton en la que definía la mediocridad: estar delante de la grandeza y no darse cuenta. Lo que pretendo decir es obvio: que al  partido socialista ha dejado de ser grande no por los votos perdidos, ni tan siquiera por el desastre económico y moral que dejó en herencia a los españoles el señor Zapatero. Ha dejado de ser grande en el momento en que se ha negado a reconocer su nefasta gestión en las dos anteriores legislaturas y, sobre todo, desde que empezó a sentir miedo del Partido Popular y firmó, en el ya lejano 2003, el famoso Pacto del Tinell a instancias de la altraizquierda catalana, para condenar al entonces PP de Aznar, al ostracismo.

Puede que, en ese momento, los socialistas quisieran lanzar el mensaje a la sociedad de que no era posible admitir en el juego político a un partido que había desoído las masivas manifestaciones del “no a la guerra”, que luego se recrudecerían bajo la conmoción de los atentados del 11-M. Pero lo cierto es que, en su afán de confundir la democracia con el veto a la derecha y proclamar así la superioridad moral de la izquierda, el PSOE ha persistido en mantener vivo su “cordón sanitario”, incluso cuando el PP ha gobernado -¡gran pecado!- con mayoría absoluta en los últimos cuatro años.

Mariano Rajoy se las ha tenido que arreglar solo para sacar a España del abismo en que la había arrojado el zapaterismo, sin que el PSOE  moviese una pestaña para arrimar el hombro. Todo lo contrario: su labor ha consistido en echar leña al fuego y en acusar al PP de falsedades tan notables como que pretendía la “privatización” de la Sanidad o de gobernar para los ricos con sus reformas laborales o fiscales.

Bien, ahora nos encontramos con que, desde su irrisorio grupo parlamentario, vapuleado por un electorado que le ha retirado su confianza, amenazado por la ultraizquierda con la que pretendió pactar aunque niegue la evidencia de las reuniones y los paseos con Pablo Iglesias, el PSOE sigue empeñado en negarse a sí mismo como alternativa y como fuerza moral de la izquierda. Tiene delante de sus ojos la grandeza y no la ve. Esa es la mediocridad la que se refería Chesterton.

El PSOE fue grande cuando Felipe González abandonó el marxismo y cuando apostó por la transición ordenada hacia la democracia, en lugar de dejarse llevar por las voces vengativas que pedían “ruptura”. En aquellos momentos históricos, acaso sin saberlo, los socialistas aplicaron otra sentencia de Chesterton en la que afirmaba que no se puede hacer una revolución para tener la democracia sino tener democracia para hacer una revolución.

Lo que ha ocurrido en España a partir de 1978 ha sido una auténtica revolución, quieran o no admitirlo los populismos rampantes de nuestros días. Una revolución en la política, en el pensamiento, en la cultura… Acaso se ha ido demasiado deprisa porque, a fuerza de meter presión a la democracia, nos hemos pasado muchos pueblos en la carrera por la libertad -¡el “derecho a decidir!- utilizada como mantra no solo por los separatistas sino por las feministas con sus obsesiones ideológicas de género que han devenido en un ataque frontal al derecho a la maternidad.

Con sus vetos antidemocráticos, la vulneración del derecho a la vida y la desnaturalización de la familia, el socialismo se ha adulterado para convertirse en un sectarismo vulgar y, al mismo tiempo, convertir la democracia -ese proceso que garantiza que seamos gobernados mejor de lo que merecemos, en frase de Bernard Shaw- en un circo en el que se juega la estabilidad de España. ¿Qué parte de la mediocridad es la que no ha entendido, señor Sánchez?

 

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