El Sahara y dos secretos, cuarenta años después…

Puede que toque hablar -¡ya está bien!- del golpe de Estado del Parlamento catalán, pero caería en una especulación mas, de las muchas que escuchamos en algunas cadenas de televisión. Ya sonará lo que tenga que sonar y lo que suene no será del agrado del “astuto” Artur Mas.

Hoy quisiera hablar de otro auténico astuto, de mucha mayor envergadura, que tuvo la habilidad de quedarse con el Sahara. Me refiero, por supuesto, a Hasan II, nuestro vecino marroquí que un día afirmó que sus relaciones con España –la España de Franco- eran como las de un matrimonio católico, es decir, indisoluble. Pues bien, hace ahora cuarenta años de aquélla asombrosa “marcha verde” cuyo aniversario acaban de celebrar los marroquíes unidos a Mohamed VI, con toda la pompa de la realeza cherifiana, entroncada con la familia del Profeta.

Aquella marcha de 350.000 marroquíes desplazados de todos los lugares del reino gracias a una logística impresionante y que partió de Marrakech para llegar a pie hasta la frontera sahariana de Tah, fue equiparada por el rey a uno de los hitos históricos de las primeras conquistas islámicas, la “Masira al Jadra”.

Contar ahora la historia de aquella “gesta” como la llaman en Marruecos, sería un poco aburrido, aunque muchos españoles no le recuerden siquiera. Digamos, en síntesis, que Marruecos, desde el momento mismo en que la Familia real retornó del exilio en 1956 y comenzó la descolonización del país, el Trono cherifiano que tanto agradeció a España su ayuda contra el golpe de Estado francés, se propuso como objetico político la reunificación del reino, desde Ceuta y Melilla al Norte hasta Sidi Ifni, el Sahara España y hasta Mauritania al Sur, sin descuidar los territorios que ocupaba Argelia al Este (Colomb Bechar, Tinduf…).

Las disputas territoriales en el continente africano estuvieron al orden del día durante años, a medida que avanzaba la descolonización, hasta que la entonces recién nacida Organización de la Unidad Africana, la OUA, declaró solemnemente que las fronteras fijadaa por el colonialismo, muchas de ellas artificiales, eran intangibles. A Marruecos esto le supuso un disgusto mayúsculo: tuvo que renunciar a las tierras que reclamaba al régimen argelino –socialista y prosoviético- después de una sangrienta guerra y después, a Mauritania con la que, paradójicamente, se repartió en un primer momento la tarta de arena del Sahara.

Quedaba, claro está, Ifni y el Sahara… sin que se hayan olvidado las ciudades española del norte de Africa, Ceuta y Melilla. Ifni se lo metió Hasan II en el bolsillo después de firmar un asombroso acuerdo de pesca con España que, durante un corto tiempo, permitió a nuestra flota andaluza dejarse las redes en las rocas de las costas marroquíes en su afán depredador. ¡Ay, aquellos tiempos en que los andaluces nos deleitábamos con los chanquetes prohibidos del caladero marroquí!

El Sahara era otra cosa: allí había descubierto España unos fabulosos yacimientos de fosfatos a flor de tierra que amenazaban con la ruina de Marruecos, primer productor hasta entonces de este mineral tan utilizado en la industria alimenticia y como abono. Fue el tiempo de las grandes tensiones hispano-marroquíes que obligaban a duras y recelosas negociaciones.

En este contexto les voy a revelar un pequeño secreto diplomático: durante uno de los frecuentes viajes del inolvidado Gregorio López Bravo a Rabat, Hasan II le propuso un acuerdo que, de haber llegado a buen fin, hubiera acabado con el problema del Sahara de manera fulminante: Hasán ofreció a España repartirse al 50 por ciento los fosfatos saharianos a cambio de olvidarse de la reclamación del Sahara, a pesar de que ya estaba incluido por el famoso Comité de los 24 de la ONU, en la lista de los territorios a descolonizar. Franco rechazó de plano aquella propuesta y Hasán II decidió pasar al “plan B”: plantear la reclamación del Sahara al Tribunal Internacional de La Haya, con un argumento digno de la astucia del soberano: considerar que, en contra de la postura defendida por España de aquel desierto nunca había pertenecido a nadie, las tribus saharauis siempre habían rendido pleitesía, a lo largo de la historia, a los sultanes marroquíes. El alto tribunal, asombrosamente, le dio la razón aunque, por otro lado, ratificó el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui al que España también decidió ofrecerle un referéndum.

Fue el principio de la “Marcha Verde”… Y llegado aquí no quisiera pasar por alto una revelación que he leído en la revista “Jeune Afrique”, en un exhaustivo análisis del problema saharaui. En aquellos días, recordemos,  Franco agonizaba, el gobierno español se tambaleaba y ya se preparaba en la sombra la Transición que nos trajo la democracia. Pues bien, para dar la impresión de que España no se arrugaba ante la prevista invasión pacífica del Sahara por aquella multitud de enfebrecidos marroquíes, el entonces Principe Juan Carlos, que asumió provisionalmente la Jefatura del Estado, se fue en avión a El Aaiún –ahora reconvertida en Al Ayoune, con fonética francesa- para decirle a nuestras tropas que Marruecos no se atrevería a traspasar la frontera y que, si lo hiciera, se le haría frente con las armas… y con todas las consecuencia.

Era la guerra, claro. Pero Juan Carlos, mientras viajaba, ya había desplegado la eficaz diplomacia que entonces dirigía Pedro Cortina, para negociar con Hasan II la entrega de la Administración del Sahara, no su soberanía porque eso no lo podía hacer. Marruecos aceptó, se merendó el Sahara, cedió la mitad sur a Mauritania; los mauritanos la rechazaron poco después y Hasán se quedó con todo mientras parte de las tribus huían a Tinduf. Y allí siguen. Las familias, en especial la poderosa Reguibat, se dividieron entre promarroquíes y proargelinos… mientras la ONU se ocupa cada año de cuadrar el círculo de una imposible solución negociada entre las “partes interesadas”. Pero Marruecos, me permito afirmar, nunca cederá lo que considera suyo. ¿Solución? O una guerra a medio plazo o la reunificación de las familias disgregadas bajo la bandera marroquí, que suele ser muy generosa con los renegados arrepentidos. Punto y seguido: el año que viene hablaremos

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