En espera de la valentía

En realidad, el panorama electoral no es tan confuso e inquietante como parece. Poco importa ya que Pedro Sánchez vuelva a presentar su candidatura a la investidura –previa petición del Rey- si llega a un pacto con Podemos, sea de coalición “de progreso”, sea de mini-coalición con Ciudadanos.

Lo importante es que cada partido ha quedado retratado ante la opinión pública en estos meses de sainete político. Otra cosa es que esa masa electoral haya entendido el mensaje de desencuentro de los partidos que, a  su vez, no han querido entender el mensaje de los electores del 20-D. El PP tiene aburridos a sus votantes ante los que repite la misma cantinela: lo mejor para España en una “gran coalición” con socialistas y “riveristas”, lo cual ya resulta tan inquietante como la obsesión de Sánchez por llegar a La Moncloa.

No seamos ingenuos: ¿Qué pacto es posible entre Mariano Rajoy y este actor malencarado y agobiante que es el actual secretario general del PSOE? ¿Estarían dispuestos los actuales dirigentes socialistas –y, sobre todo, sus militantes- a formar parte de un Gobierno obligado a decretar más recortes, más reformas e, incluso, una rebaja de las pensiones? Obviamente, no. Si el gran problema que ha tenido y tiene el Partido Popular en estos últimos cuatro años, ha sido –y sigue siendo- el de la comunicación, los “progresistas” que intentan desalojar a Rajoy es el de mentir a todos los españoles sobre las posibilidades de “progreso” si por progreso entendemos subir un escalón más en el Estado de Bienestar cuando nos están pidiendo a gritos que debemos bajar más de uno.

Lo que quieren PSOE y Podemos es aumentar el gasto social, subir las pensiones y las subvenciones a los desempleados, anular el pequeño co-pago de los medicamentos, aumentar el número de funcionarios, reformar el sistema fiscal –es decir, castigar con nuevos impuestos a la clase media asalariada- y dar más dinero a las autonomías que más se han endeudado y hacen gala de desafiar al Estado.

Nada de eso es posible cuando Bruselas nos exige reducir el déficit y, por tanto, gastar menos, además de hacer posible una mayor creación de  empleo. ¿Se puede reducir el paro obligando a los empresarios –grandes y pequeños- a someterse de nuevo a los controles sindicales y sancionándolos por restringir sus plantillas? ¿Es concebible un Consejo de Ministros donde se sienten, junto a los populares, unos partidarios de denunciar los acuerdos con la Santa Sede y acabar con la libertad de educación y la libertad religiosa? ¿Dónde quedarían las últimas señas de identidad del PP?

¡Ya está bien de marear la perdiz! El PP, concretamente Mariano Rajoy, tiene la obligación de desmontar de una vez todas las falacias que esparcen PSOE, Ciudadanos y Podemos… a menos de que también trate de engañar otra vez a buena parte de su electorado, al que dejó en la cuneta durante su etapa de mayoría absoluta, despreocupándose de sus compromisos sociales y morales.

Ya no será posible reformar esa ley nefanda que considera el aborto como un derecho humano (¡hace falta cara!) ni siquiera en el supuesto de que el Tribunal Constitucional se pronunciara ahora a favor del recurso que en día le elevó al PP. ¿Quién le iba a hacer caso?

En fin… Los partidos en liza ya no tienen nada que aportar para conocerlos. La gran incógnita estriba en saber si el electorado volverá a votar más o menos lo mismo que hace tres meses, como vaticinan las encuestas, o si rectificará visto lo que se ve. Y aquí es donde el PP debe tomar la iniciativa de una vez.

No basta con que Rajoy y todo su juvenil equipo acudan ahora a todas las tertulias donde no se cansan de repetir lo mismo, mientras son acosados por la jauría antipepera de todos los casos de corrupción habidos desde la invasión visigoda a nuestros días, incluidos los desaires de Rita Barberá, y las donaciones de empresarios que se arrepienten de haber pagado antiguas campañas electorales.

Donde tiene que tomar la sartén por el mando el mismísimo durmiente Mariano Rajoy es en el Congreso y, allí, sin pelos en la lengua, a riesgo de sufrir mil revolcones, denunciar todas las mentiras, todos los engaños, todas las estupideces de quienes tratan de desalojarlo de La Moncloa. En otras palabras: que empiece su campaña electoral allí donde le pueden replicar.

Es la hora de despertar. Es la hora de la valentía. Por cierto, una recomendación al señor Rajoy, que no parece muy aficionado a leer la Biblia: que vaya a Ageo 1-14, despierte y descubra que las crisis económicas no pueden impedir lo que de verdad importa.

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