Escalada de tensión en el mundo islámico

El mundo islámico se agita cada vez más, a medida que el Daesh aumenta su radio de influencia y prosigue su escalada terrorista, sin que las bombas rusas ni las aliadas de Occidente le hayan hecho mella alguna. Más aún: las filas yihadistas se permiten un ataque masivo contra la ciudad siria de Deir Zor donde, después de dejar más de trescientos muertos en sus calles, muchos de ellos soldados del ejército fiel al presidente Bachar el Asad, se han llevado secuestrados a cerca de quinientos sirios por cuya vida se teme.

Esta asombrosa ofensiva de la organización terrorista, junto a los atentados cometidos por sus franquicias en Turquía, Afganistán y Tailandia, además de los que se cometen cada día en África, ha seguido sospechosamente a la ejecución por Arabia Saudita del jeque chiita Nimr al Nimr, un opositor de la teocracia saudi y que ha elevado a su máximo nivel en las últimas décadas la pugna entre la “ummah” sunnita y la chiita, las dos grandes ramas del Islam enfrentadas desde el siglo VIII.

La pregunta que muchos observadores se hacen es si esa especie de “guerra fría” que mantienen saudíes e iraníes en su pugna por hacerse con la hegemonía de la vasta región islámiza puede degenerar en un choque frontal cuyas consecuencias serían catastróficas para el mundo. De momento, las dos potencias musulmanas de signo contrario, están ya enfrentadas “en caliente” de manera interpuesta en Yemen, donde los saudíes llevan a cabo una interminable guerra de desgaste contra los “huzíes”, una rama chiíta que, obviamente, están respaldados por Irán. Algo parecido ocurre en la guerra civil siria, donde la oposición armada a Asad, dividida en múltiples grupos, viene siendo abiertamente respaldada con armas y dólares por el régimen saudí y su aliado qatarí, con la variante de que entre esos grupos está en propio Daesh que, paradójicamente, no duda en animar a los saudías a una rebelión contre el régimen wahabita que los oprime.

La situación se acaba de complicar aún más con el levantamiento definitivo del embargo que los países occidentales, más Rusia, mantenían sobre Irán por su programa nuclear. Liberado el mundo de una imaginaria amenaza nuclear, el régimen de los ayatolás podrá disponer de los fondos que estaban bloqueados en Estados Unidos y Europa, -más de cien mil millones de dólares- además de recuperar sus ventas de petróleo con la consecuencia esperada de una nueva bajada del precio del barril… y su repercusión en la economía mundial y, sobre todo, en la ya maltrecha economía saudita que depende exclusivamente de sus exportaciones de hidrocarburos. En otras palabras, la política de moderación que ha llevado a cabo en Irán el Gobierno presidido por Hasan Rohani desde 2013 -y que deberá reforzarse en las elecciones legislativas previstas el próximo mes de febrero-, constituye todo un desafío para el régimen saudita, al que van a contribuir los países occidentales que hasta ahora han sido sus amigos incondicionales por su dependencia energética: Estados Unidos y Europa.

En este contexto hay que tener en cuenta uno de los factores que más han contribuido a la radicalización del mundo islámico: la “exportación” de la ideología wahabita allí donde ha vendido su petróleo y que se ha convertido indirectamente en el punto de apoyo del “califato” de Abubeker El Bagdadi… que aspira a restablecer el imperio islámico de la época de los “rashidum”, los sucesores inmediatos de Mahoma. Mientras ha tenido el respaldo del petróleo artificialmente encarecido por los grandes “trusts” ahora en decadencia, Arabia Saudita se ha dedicado a construir cientos de mezquitas y a dotarlas e empleados religiosos en buena parte de Europa para adoctrinar a la población inmigrante musulmana.

Recordemos que el wahabismo, que debe su nombre al teólogo radical Mohamed Ibn Abdeluahab, nacido en el corazón de Arabia a principios del año 1700, tiene como principio doctrinal la aplicación literal del Corán y de la “sharía” –la ley islámica, basada en el Libro y los dichos atribuidos al Profeta-, sin interpretación racional alguna a fin de “purificarlo” de todo pensamiento ajeno, de acuerdo con la escuela rigorista hanbalí. En el año 1744 se estableció un estrecho lazo familiar e ideológico entre los seguidores de Abdeluahab con la tribu de los Saud, cristalizado en la fundación del moderno Estado saudita en 1934: la familia saudí gobernaría a cambio de imponer a sus súbditos la doctrina wahabita, lo que supone un control absoluto de su conducta individual y colectiva. En este sentido, los wahabitas son mucho más radicales que los “Hermanos Musulmanes” egipcios que fundó en 1928 Hasan Al Bana para hacer frente a la infiltración de la cultura europea que estaba cambiando la identidad de los musulmanes.

La paradoja es que, a pesar de este radicalismo ideológico y religioso, Arabia Saudita ha mantenido una estrecha relación con los países occidentales… con el objetivo nada oculto de extender la doctrina wahabí ante la miopía interesada de los países necesitados de petróleo. Se ha dado así, durante décadas, una asombrosa simbiosis entre la riqueza industrial de Occidente y la expansión del radicalismo islamista. Para muchos analistas, esta letal ecuación está en el origen del “califato” que hoy combate Occidente sin éxito visible.

Lo que ahora se plantea es si la decadencia económica previsible de Arabia Saudita a causa del bajo precio del petróleo y la competencia iraní, puede o debe obligar al mundo occidental a poner su mirada en el otro polo del Islam, es decir, el chiísmo de Irán, a todas luces más moderado que el wahabita.

Lo cual nos puede conducir a pensar si estamos en vísperas de otra “primavera árabe” de sesgo distinto que conduzca a una reforma racional del Islam frente a los radicalismos intransigentes que emanan tanto del “califato” como del régimen saudí. En esta encrucijada, Occidente está cada vez más necesitado de líderes políticos capaces de interpretar el signo de los tiempos y afrontar sus consecuencias…

 

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