Fascinación y sumisión

Estos días preelectorales circula por las redes sociales un cuentecillo que parece especialmente pensado para poner en guardia a los votantes sobre el ermergente y “fascinante” partido “Podemos”, ahora “Juntos Podemos”. Trata de lo bien que se sentía una rana metida en una olla puesta al fuego. Al principio, el agua templada hacía sentirse encantado al batracio. Pero a medida que el agua subía de temperatura, la ranita del cuento dejó de sentir placer y, al final, quedó cocida sin que pudiera escapar.

La moraleja es doble. Por un lado, si la rana hubiese sido introducida en la olla con el agua ya hirviendo, hubiera dado un salto y hubiese escapado; pero si al principio se sentía tan bien, se dejó llevar por el bienestar inicial hasta que se quedó sin capacidad para moverse. O sea que eso es lo que esperaría a la sociedad española –la rana- si acudiera a la olla del radicalismo populista para zambullirse en las delicias que promete con su baño de agua templada.

Lo diríamos mejor y más breve con el refrán tan español de “sarna con gusto no pica…”. Y cuando empieza a mortificar ya no tiene remedio. Que se lo pregunten a los venezolanos. ¿Cómo es posible que hayan caído en la fascinación de un bruto dictador que no ha dudado en dejarlos sin comer?
A lo largo de la historia se han sucedido muchos “Maduros” que se han dejado fascinar por los más siniestros personajes que han surgido del seno de la sociedad. Los ejemplos más recientes los tenemos en Hitler, Lenin, Stalin, los Castro, los Jong norcoreanos, los ayatolás y, hoy en día, en Abubeker El Bagdadi, el dictador del Daesh.

¿Por qué fascinan, atraen e impresionan tan irresistiblemente a tantas gentes estos individuos que han buscado el poder como instrumento de “cambio” de las mentalidades?

No olvidemos que la palabra “fascinar” tiene una primera acepción según la Real Academia de la Lengua: engañar, alucinar, ofuscar… En el lenguaje corriente se interpreta más bien como la capacidad de hechizar, de encantar… “A mi me encanta Pablo Iglesias: habla muy bien y todo lo que dice me parece verdad, especialmente cuando acusa a los ricos de ser los que mandan sin necesidad de pasar por las urnas”, me decía un joven que ya votó a Podemos o lo volverá a votar. Y añadía: “Además, con su gente –con la “olla”, diría yo…- me siento muy bien: hay compañerismo, camaradería y te sientes acogido, comprendido… Si encima te ofrecen una ayuda económica para que puedas vivir sin necesidad de trabajar, prometen cambiar el sistema económico establecido por los poderosos, prohíben los desahucios, te dan la luz gratis, permiten las “okupaciones”, los porros, los botellones y todas esas cosas que nos gustan a los jóvenes, comprenderás que no vaya a votar a un señor antiguo, con canas y barba”.

Ahí se acabó su discurso, sin que se me ocurriera una repuesta: habría que hacerlo razonar y eso era demasiado trabajo, una vez que se ha sucumbido a la fascinación del engaño… adobado con la envidia al “rico”. Cuando la realidad le enseñe que estaba equivocado, será demasiado tarde: ya estará bien cocidito, como estuvieron las juventudes hitlerianas o esas
disciplinadas juventudes comunistas que vemos en las aclamaciones de los coreanos del norte cuando aclaman a su líder supremo.

En realidad, todo consiste en eso: en tener un líder, en seguir al líder, en que otros piensen por ti, en solazarse con la nada o con la venganza. El dolor de los demás no importa.

Esta capacidad de fascinación, de engaño de ciertos líderes, la vemos en toda su cruel realidad en la riada de jóvenes frustrados europeos que acuden a la llamada del “yihadismo”, atraídos por la voluptuosa morbosidad de la crueldad. Algunos analistas del fenómeno terrorista –no necesariamente islamista- afirman que los “predicadores” de la violencia han sabido calar en el deseo de sumisión que anida en muchos seres humanos, por encima del deseo de libertad.

Ser sometido a un jefe que fascina por su fanatismo ideológico, es parte del atractivo que lleva a los jóvenes reclutas a matar, con la promesa de una vida mejor… Y también a votar a los radicales izquierdistas, una forma de sometimiento al jefe carismático por mucho que mienta y engañe. ¿No esperan también esos votantes un cambio social que de satisfacción superar sus frustraciones?

Fascinación y sumisión son las palancas para dar el salto a la acogedora olla de agua templada, sin tener en cuenta que el fuego de la demagogia terminará por cocerlos dócilmente.

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