Hablemos de otra cosa: ¿Quién manda en el mundo?

 

Vamos a olvidarnos un poco de la política rastrera española para dedicar unos minutos a la política de altura, a la gran política. Y quisiera partir de un hecho notable: la inauguración el pasado 5 de octubre de la primera línea ferroviaria electrificada en el continente africano, que une Addis Abeba con Yibuti. Curiosamente, para esa fecha ya estaba “presentido” como nuevo Secretario General de la ONU el socialista portugués Antonio Guterres, un hombre que tiene amplias amistades en nuestro cercano continente.

¿Y qué relación tiene esto con esa “gran política” a la que me refería al principio? Nada en apariencia, pero mucho si vemos las cosas con una óptica más escrutadora de la realidad. Trataré de explicarlo a partir de la crisis migratoria que padecemos desde hace años y, sobre todo, de la guerra civil en Siria que tanto la ha agudizado. ¿Por qué esta guerra? La respuesta más simple que cabe, abarca a todas las guerras. Hay guerra porque hay fábricas de armas… y porque hay traficantes que las llevan a todos los bandos que entran en contienda. Y esa fábricas están, oh casualidad, en los países más industrializados, especialmente en Estados Unidos.

¿Qué tiene que la guerra de Siria, las guerras africanas de golpes y contragolpes, con la línea férrea entre la capital etíope y el Mar Rojo, con un trazado de 752 kilómetros? Supongamos que la ONU, en vez de ser una asamblea de países con intereses contrapuestos, fuese una especie de Gobierno mundial con capacidad para tomar grandes decisiones. Una de ellas, por ejemplo, podría ser la de prohibir la fabricación de armas y, por supuesto, prohibir el tráfico de las que quedasen en “stock”. Esas fábricas podrían dedicarse, por ejemplo, a fabricas raíles de tren, estructuras de puentes, tendidos eléctricos, presas hidráulicas y, en fin, todo lo que necesitan los países subdesarrollados, de donde nos vienen los emigrantes, para emanciparse de verdad.

Ese Gobierno mundial acabaría con los reyezuelos que se enfrentan por el poder en tantos países y que, faltos de armas, tendrían que tragarse sus rencillas y sus ambiciones. El Gobierno mundial podría, además, ordenar una emigración a la inversa o, dicho de otra forma, una “colonización” reparadora: el envío de decenas de miles de ingenieros, arquitectos, profesores universitarios, médicos, enfermeras, maestros, peritos agrícolas, electricistas, albañiles, carpinteros, etc. para construir, reconstruir, enseñar y, en definitiva, ayudar a las poblaciones locales a instruirse y trabajar. Nada de ONGs, ni de voluntarios: será una orden de movilización general contra la pobreza.

Todo un cuento de la lechera, ya lo sé. Pero ¿se imaginen una red de transportes en África similar a la que existe en Europa? Por supuesto, además de la autoridad mundial sería necesario mucho dinero. Me respondería: pues a buscarlo, que lo hay y lo habrá más a medida que los pobres se desarrollen.

Si han llegado hasta aquí con todos sus sonrisas burlonas, les aporto un dato llamativo: tanto Benedicto XVI como Francisco abogan desde hace años por ese Gobierno Mundial como una necesidad perentoria. Olvídense de la hegemonía de Estados Unidos como primera potencia del mundo. ¿Se imaginan al ridículo Donald Trompo como líder mundial? ¿O incluso a Hillary Clinton? Años atrás, los escritores norteamericanos Thomas Horn y Chris Putnam lanzaron al mercado de los “best sellers” su novela “El último Papa” (se referían a Francisco) relacionada con el calentamiento del planeta y con la mirada puesta en una posible encíclica que, curiosamente, ha publicado Francisco, la “Laudatio si”, dedicada a este tema.

Fue Benedicto XVI, hace ahora seis años, quien, en su encíclica “Caritas in veritate”,lanzó la idea de estructurar al mundo de manera que fuese posible un gobierno mundial. Y hace poco tiempo, el Papa Francisco no ha tenido inconveniente en recomendar la lectura de un libro apocalíptico publicado a principios del siglo pasado en Estados Unidos: “El amo del mundo”, escrito por el teólogo protestante Robert Hugo Benson.

¿Quién es este “amo”? Apriétense los cinturones: Satanás. Por supuesto, el mundo previstos por el escritor hace más de cien años, ya lo conocemos desde hace algún tiempo.  Es el mundo de las armas de destrucción masiva, de las guerras, de la negación de la trascendencia, de la destrucción de los valores morales, empezando por la legalización de la muerte (eutanasia, aborto…) es decir, ese “nuevo orden mundial” que se trata de imponer desde la ausencia de una autoridad moral universal, que nada tiene que ver con ese emporio del materialismo que domina en las naciones desarrolladas, la ONU actual.

Bien, dicho todo esto, se puede volver la mirada al ferrocarril Addis Abeba-Yibuti y relacionarlo con el papel que desempeñará el socialista Antonio Guterres al frente de las divididas Naciones Unidas, las guerras, los fabricantes y traficantes de armas, etc. etc. La pregunta final pertinente del cuento, es ¿se puede recoger la leche caída de la lechera?

 

Leave a Comment

Your email address will not be published.