¿Hasta cuando la “yihad”? Buena pregunta…

 

 

El atentado contra la catedral copta de El Cairo obliga a una pregunta: ¿Hasta cuándo existirá la “yihad”? Me atrevo a responder: hasta la consumación de los siglos. Siempre habrá “guerra santa”, aunque el mundo entero se convierta al Islam. Mientras haya dos musulmanes sobre la tierra, habrá división entre ellos y habrá atentados contra cualquiera que no siga a uno de los dos.

Soy consciente de la dureza de estas afirmaciones, pero una vez leído el Corán, una vez digeridas las enseñanzas de los “hádices” del “rasul” que se refieren a la defensa del Islam, una vez asumidas las contradicciones que se deducen de su lectura, nunca agotada, solo queda una conclusión: todo depende de la interpretación que cada creyente haga de lo que lee o, simplemente de lo que le mandan quienes dicen saber.

Los pilares del Islam son comunes a todos, sean de la tendencia que sean dentro de la asombrosa diversidad en la forma de entender los mandatos recogidos en el Libro: la fe (“chaada”) en un solo Dios con la obligación añadida de que solo uno es su “enviado”, es decir, el Profeta Mahoma; el rezo cinco veces al día (“salat”) de acuerdo con unas posturas inconfundibles; el ayuno (“sawn”) en el mes de Ramadán; la limosna (“zakat”) y la peregrinación a La Meca (“Hach”) una vez en la vida al menos. Eso es todo, con el fondo inconfundible de la misericordia divina…

Pero hay que añadir una sexta columna: la obligación de defender el Islam contra todo ataque externo (la pequeña “yihad” o guerra santa). Y entonces surge la gran pregunta: ¿Quién ataca al Islam para que puedan justificarse los sangrientos atentados contra los propios musulmanes y contra todo el que no interprete los mandatos coránicos según los “emires” o jeques que no han dejado de aparecer a lo largo de la historia? ¿Cómo es posible que haya surgido un “Estado Islámico” que aplica sin piedad el terror como norma para convertir a todo el mundo a sus creencias? ¿Qué mal hacen las minorías cristianas que superviven –milagrosamente, añadiría- en tierras islamizadas siglos después de Cristo?

La respuesta es desalentadora: atacan al Islam todos los que son considerados “impíos”, es decir, todos aquéllos que no piensan igual que el iluminado de turno. Un ejemplo simple: Estados Unidos “atacó” los más sagrado del Islam –su “tierra santa”, y no es necesario recordar aquí la existencia de Israel- en el momento que los “marines” asentaron una base militar en Arabia Saudita… para devolver a Kuwait su soberanía, usurpada por el dictador iraquí Saddam Husein. Toda la superficie del inmenso desierto saudí está considerada como parte sagrada de una mezquita, de la Kaaba, que no puede ser hollada por pies extranjeros. El ejército noramericano, pues, cometió una agresión suficientemente grave para que un tal Osama Ben Laden, que ya había fundado “Al Qaída” en Afganistán, declarase una guerra sin cuartel a los impíos de Washington. Pocos años después, vinieron los atentados del 11-S, cometidos por ciudadanos saudíes en su mayor parte.

Si llevamos las cosas a su extremo, sería perfectamente comprensible que la mera existencia de una minoría cristiana en territorio islámico, aunque sea anterior al nacimiento del propio Islam –como los coptos- suponga un “ataque” a la mayoría musulmana. Y, sin embargo, la nueva Constitución egipcia, surgida  de la “primavera árabe” y una vez expulsado del poder al presidente islámico Mohamed Morsi, garantiza la libertad de conciencia y reitera el derecho a la ciudadanía egipcia de los cristianos.

El actual presidente surgido del golpe inspirado por la toma popular de la Plaza de At-Tahrir contra el extremismo islámico, no deja de insistir en las libertades constitucionales refrendadas por el 99 por ciento de los egipcios que acudieron a las urnas. Fueron pocos, bien es verdad: menos del 40 por ciento del censo. Pero el presidente Al Sisi, bien dispuesto a cumplir la ley, llegó a pedir a la Universidad del Al Azhar que tratara de modificar la educación religiosa de manera que desaparecieran así todos los elementos de discriminación religiosa que aún se mantienen en la enseñanza pública. Un año después, el presidente egipcio admitía su derrota. Al Azhar, vigía de la espiritualidad islámica para egipcios y muchos otros musulmanes, goza de un estatuto de independencia reconocido por la Constitución, lo cual no tiene nada de extraño en la medida que también declara el Islam como la religión del Estado y la “sharía” o ley islámica, como fuente de inspiración de todas las leyes.

¿Existe libertad religiosa en Egipto o estamos ante una contradicción más? La respuesta queda al gusto del consumidor… que puede olvidar tranquilamente otro mandato coránico opuesto a la “yihad”: nadie tiene derecho a la “coerción religiosa” (Corán, 2. 255-57: “No haya coacción en religión pues ya han quedado aclaradas la buena dirección y el error”). Nadie, pues, está obligado a aceptar el Islam. Pero sentado este principio, la exégesis más difundida del Corán añade sin asomo de duda, que es necesario explicar a la gente cual es el “camino recto”. Como es lógico deducir, ese camino es el que marca el “sabio” pertinente… aunque otro versículo (16, 125) añada que esa senda debe enseñarse con “sabiduría y una bella admonición, discutiendo con lo mejor y lo más bello”. Lo “bello” para los autores de los atentados, como resulta obvio, debe demostrarse con la matanza sistemática de los impíos.

¿Y entonces? Nada que hacer mientras cada cual interprete el Corán según sus propias luces y no exista autoridad alguna con capacidad de elaborar un cuerpo doctrinal único. Pero eso –una especie de concilio- es inimaginable en el mundo islámico. Un sueño imposible, porque nadie tiene autoridad para sugerir siquiera una identidad islámica universal aparte los pilares elementales ya señalados. Y, por supuesto, no me refiero aquí a las diferencias más conocidas entre la minoría “chiita” y la mayoría “sunnita” porque dentro de cada tendencia hay mil y una interpretaciones distintas.

Los musulmanes de cualquier país, pueden condenar –y de hecho  condenan- la “yihad” que llevan a cabo los salafistas que sueñan con volver al siglo VII, antes de que surgiera el conflicto sucesorio que mantiene al Islam en pie de guerra permanente desde la muerte del Profeta. Pero, de igual manera, pueden recordar que la “yihad” es una obligación de todo buen creyente porque está recogida en el intocable Corán. Así que ya pueden llover en todo el mundo las condenas de los atentados contra las minorías cristianas, como el cometido en la catedral copta de El Cairo. En el fondo, todo seguirá igual. Ahora bien, ¿quién se atreve a condenar a  Arabia Saudita por su ayuda a los “rebeldes” que han convertido Siria en un campo de ruinas con el pretexto de que el presidente Asad pertenece a la minoría chiita? Ya ven: los primeros en apoyar esa rebeldía, que no hubiera existido sin la “primavera árabe”, fueron los Estados Unidos junto a buena parte de los Estados europeos. ¿Quién mantiene esa guerra fratricida en un país islámico donde, ¡oh, casualidad!, se protegía a la minoría cristiana… como el presidente egipcio quiere proteger también a la minoría copta?

Así, de hilo en hilo, llegamos al enmarañado ovillo que tiene al mundo en alerta máxima: la “yihad” pequeña que, curiosamente, se opone a la “yihad” grande, la lucha interior que todo buen musulmán debe vivir para considerarse un buen creyente. Dicho lo cual, no puede olvidarse que la misericordia divina es la verdadera esencia del Corán. Una misericordia manipulada a lo largo de los siglos por los “yihadistas”, al extremo de convertirla en todo un pretexto para asesinar… ¿Recuerdan el origen de esta palabra maldita? Si, aquélla secta islámica medieval que obligaba a sus miembros a fumar “hachish” para atentar contra los ortodoxos “sunnitas” que defendían el califato de Bagdad. Hoy se bastan a sí mismos con la droga de sus nostalgias medievales.

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