La gran pregunta: ¿Cómo vencer al terrorismo islamista?

Después de los atentados de Bruselas, vuelve a plantearse la misma pregunta que ya surgió el 11-S: ¿Se puede vencer al terrorismo islamista? Un iluso presidente de los Estados Unidos, George Bush, creyó en un momento de alucinación, que se bastaría él solo gracias al poder de sus ejércitos, de sus servicios de inteligencia, de sus alianzas militares y de sus dólares. Primero, con la ayuda de algunos aliados, invadió Irak con el pretexto consabido de que allí se escondían grandes arsenales de armas de destrucción masiva. Después hizo lo mismo en Afganistán. Entonces solo figuraba sobre el papel un enemigo claro: un tal Osama Ben Laden, fundador del grupo terrorista Al Qaída al que, curiosamente, había ayudado la CIA durante la guerra contra el régimen comunista de Kabul. ¿Cuántos existen hoy, además del Estado Islámico? Ni se sabe…

Recordemos, antes de intentar una respuesta a la pregunta planteada, que el propio Ben Laden había declarado la guerra a Estados Unidos, en una famosa “fatua” , por el simple hecho de haber instalado una base militar de marines en suelo saudí (considerado tierra sagrada e inviolable para todo extranjero), durante la primera Guerra del Golfo, es decir, la liberación de Kuwait ocupado por las tropas iraquíes. ¿Podía un solo hombre declarar la guerra el país más poderoso del mundo? Ben Laden no era un iluso. Estaba el mando de un entusiasmado grupo terrorista, fuertemente armado, que había probado su capacidad táctica como guerrilla en la primera “yihad” real de nuestro tiempo: la guerra contra el Ejército Rojo y contra el comunismo, al que derrotó en Afganistán, junto a los talibán. ¿No sería capaz, por tanto, de arruinar al capitalismo impío que representaba Estados Unidos?

Todo era cuestión de paciencia. Llegaron los sangrientos atentados contra las embajadas USA en Kenia y en Tanzania; las bombas colocadas en el destructor “US Cole” en el puerto de Adén y, después los ataques de Nueva York… a los que seguirían los de Casablanca, Madrid, Londres, Paris… .

Ben Laden moriría años después, en mayo de 2011, en el famoso ataque de los marines a su guarida de Abbotabad, en Pakistán. Pero ya habían entrado en funcionamiento el núcleo de lo que sería el Daesh, compuesto por los coroneles y los espías del desmantelado ejército iraquí -¡qué visión la de Bush!- ; la organización terrorista Boko Haram en Nigeria y Mali; la ocupación de Somalia por los “muyahidin” del Shabab –otra Qaida africana-; la rama escindida del GIA argelino establecida en el Sahel…

Y, de ahí, a las primaveras árabes que acabaron con los dictadores norteafricanos que apoyaban los países occidentales y que habían sabido, al menos, controlar el islamismo político. De esas “primaveras”, sus secuelas, alguna sorprendente como la nueva Constitución democrática de Túnez (donde se reclutan ahora la mayor parte de los yihadistas del Daesh) y las que parecen casi olvidadas como la ocupación islamista de Egipto donde, recordemos, los Hermanos Musulmanes llegaron a formar su propio Estado islámico y hoy se han convertido en terroristas; la dislocación de Libia y, como colofón inacabado, la guerra civil de Siria donde, finalmente, se hace fuerte el Estado Islámico que ocupa todo el espacio conquistado en Siria e Irak… Queda una guinda: la oleada migratoria de sirios, iraquíes y hasta afganos en busca de refugio en Europa y la multiplicación de los atentados en Europa, Oriente Medio, Norte de África, Turquía… Otro dato que ha pasado casi inadvertido en Europa: días antes de la carnicería de Bruselas, las milicias del Daesh instaladas en una Libia partida virtualmente en dos, intentaron alzar en armas a los habitantes del sur de Túnez como culminación de los atentados llevados a cabo meses antes para ahuyentar al turismo y quebrantar la ya debilitada economía tunecina. Este es el panorama después de que mister George Bush aseguraba con entusiasmo que él acabaría con el terrorismo islamista.

¿Y ahora? Recordemos otros datos más. Toda una coalición internacional, aparte del papel jugado por Rusia durante unos meses, liderada por Estados Unidos –con la aportación tardía de una Bélgica asustada- se ocupa de bombardear día y noche las posiciones del Daesh en Siria e Irak con el resultado que se sabe. Parece que en estos días, lo que resta del Ejército sirio, leal al dictador Bachar el Asad, ha tomado la ciudad de Palmira, ocupada por los “yihadistas” hace un año. Pero el Daesh sigue casi inamovible en el terreno conquistado, entre otras razones porque las bombas de los aliados apenas le hacen cosquillas, aparte de matar a la población civil que no tiene guaridas subterráneas. Además, tiene asegurado su abastecimiento en petróleo así como su financiación procedente de Arabia Saudita y Qatar que le permite acceder a todo tipo de armas. Se añade a ello, la patente debilidad del gobierno de mayoría chiita de Bagdad, que ha sabido ganarse las antipatías de la mayor parte de las tribus sunníes, afectas al Daesh. O sea, el Pandemonium imaginado por Milton como capital del infierno.

Visto y supuestamente entendido todo esto ¿se puede dar una respuesta eficaz contra el terrorismo islamista? A esta pregunta trató de responder hace un año el propio mariscal Al Sisi, presidente de Egipto: hay que reformar todos los sistemas educativos de los países islámicos de manera que se erradique toda noción de un Islam agresivo e intolerante. El gran problema estriba en que nada ni nadie puede reformar el Corán, o al menos interpretarlo en su contexto histórico. La “yihad”, tanto en su perspectiva piadosa –la lucha interior y personal contra el mal- como en su enfoque de defensa del Islam hasta la muerte, es inamovible.

Un año después de que el presidente egipcio expresara su deseo de reformar el sistema de enseñanza –no se olvide que en algunos países, como Arabia Saudita, se señala al occidental como un impío con el que ni siquiera se puede tener amistad-, ha tenido que reconocer su fracaso aunque, últimamente, ha querido subrayar el carácter moderado de los ulemas o imanes de ese faro del Islam que es la Universidad de  “Al Azhar”. Más aún, ha afirmado que uno de sus objetivos –como ya ha hecho Marruecos- es el envío de profesores religiosos a los países africanos para que frenen la influencia de los belicosos “salafistas” formados en la doctrina extremista predicada por el wahabismo saudita.

La alternativa es simple: o se impone la enseñanza de un Islam moderado, que ponga énfasis en el principio de que no se puede imponer la religión a nadie (Coran, capítulo 2, versículo 25: “No puede haber coerción en la religión” y capitulo 18, versículo 29: “La verdad procede de Dios y quien quiera creer que lo haga libremente y quien no quiera creer que no crea”) o arrasa el Islam violento, el que pide matar a los impíos. La batalla acaba de empezar.

La cuestión ahora no es solo saber lo que enseñan o vayan a enseñar los maestros de las madrasas musulmanas: lo que importa es averiguar hasta qué punto las inspecciones de educación de los países occidentales tienen potestad –y voluntad- para controlar quién y qué se enseña en los centros islámicos. Nadie en su sano juicio puede interpretar la libertad religiosa –un derecho humano- como una patente de corso para denigrar y demonizar otras creencias.

Lo que no sé responder es a otra pregunta lacerante: hasta qué punto el mundo occidental es capaz de aprender de sus errores… y hasta donde llega su incapacidad moral para hacer frente al poder de una religión que se niega a doblegarse ante el laicismo como norma de conducta. ¿Puede o quiere Europa recuperar su fe cristiana, su cultura, sus principios, sus valores? ¿O preferimos como identidad la ideología de género propugnada por el llamado“Nuevo Orden Mundial”? Esta es nuestra disyuntiva y de la elección que hagamos depende qué tipo de Islam vamos a tener en el futuro, dentro y fuera de nuestras fronteras virtuales.

 

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