La respuesta a los atentados de Paris

La pregunta pertinente, después de los atentados terroristas en Paris, es obvia: ¿Y ahora qué? ¿Planificar una venganza en toda regla so pretexto de hacer justicia? Ya conocemos el escenario: después del 11-S, el “valiente” George Bush, con la complicidad de unos cuantos aliados de escasa sesera, invadió Afganistán para expulsar a los talibán apoyados por “Al Qaída” y después, la gran estupidez de invadir y ocupar Irak en busca de unas armas que no existían. ¿

¿Qué ha ganado el mundo y qué Estados Unidos con estas operaciones bélicas? ¿O más bien habría que preguntarse quién ha ganado? En Afganistán los talibán están a la espera de que se marche el último soldado extranjero para ocupar el Poder, sin que el novísimo ejército afgano pueda hacer nada para impedirlo. En Irak, ya vemos: el grupo terrorista “Estado Islámico” se ha asentado en Mosul y parte del territorio sirio, sin que las bombas aliadas le hayan hecho la menor mella. Todo lo contrario: ha lanzado una ofensiva allí donde ningún ejército les puede hacer frente: en las calles de Paris… después de inundar Europa con la víctimas de la guerra siria que ya amenazan, inocentes ellas, de desestabilizar la Unión, impotente para absorber a cientos de miles de personas sin perspectivas de ocupación o vivienda y con la incertidumbre de una posible infiltración de terroristas entre los candidatos al estatuto de refugiados….

Y , sin embargo, algo habrá que hacer, más allá de las palabras de un François Hollande encendido por la sangre de sus compatriotas, nuestros compatriotas. ¡Esto es un acto de guerra y la France responderá con toda su fuerza! Vale, eso es lo que piensa todo el mundo. No sé hasta qué punto las lecciones de estos años pasados, en los que se han multiplicado los atentados terroristas, van a servir de algo. Pero si nos vamos al origen con el que ha argumentado el “Estado Islámico” para cometer sus asesinatos a sangre fría, es decir, la intervención de la aviación francesa contra las posiciones de los yihadistas en Siria e Irak, cabe preguntarse también por el destino que espera a los demás países que participan en las operaciones áreas, especialmente Estados Unidos, Rusia y Gran Bretaña.

Pero esa no es la cuestión: el golpe de terror en el centro de París tiene un primer objetivo: la repercusión que un acto de esta magnitud tiene en la opinión pública mundial. El objetivo lo han cumplido con creces los asesinos que matan en nombre del Islam con la intención de someter a toda Europa a su religión, tal y como la entienden.

Y ahora, vayamos a la respuesta a la que está obligado Occidente. En primer lugar, la estrategia a seguir. Si la aviación aliada nada puede contra los fanáticos islamistas, lo lógico es pensar en un ataque de los ejércitos europeos… que deberán contar con bases en Turquía y en la propia Siria. Y aquí entra en juego la gran torpeza cometida por los aliados occidentales en relación con el régimen de Bachar el Asad, el único dictador que ha hecho frente a las oleadas de la “primavera árabe”.

Ya sabemos que al socaire de aquellos protestas, los islamistas se alzaron con el poder en Egipto y Túnez mientras en Libia impera el caos tribal, tras la desaparición de sus respectivos tiranos. Lo mismo han intentado hacer con Siria. Pero aquí no solo han pinchado en hueso sino que los países occidentales, obnubilados con la idea de implantar democracias allí donde nunca ha existido la libertad ni la existirá, prefirieron luchar contra Asad… y permitir la emergencia del “Estado Islámico”. Solo la Rusia de Putin ha tenido el valor –porque defiende sus intereses militares y económicos- de respaldar a Asad, alineándose con Irán y la minoría islámica chiíta que en Líbano ha establecido su propio “Estado” bajo la égida de Hezbolá, el “partido de Dios”, sometido al régimen de los ayatolás.

Tirando de hilo nos encontramos con la guerra fratricida de chiítas y sunnitas dentro del mundo Islámico, que dura ya quince siglos y, por ende, con las aspiraciones hegemónicas de Arabia Saudita frente a un Irán que tarde o temprano, dispondrá de su arsenal nuclear. En pocas palabras: Occidente se ha equivocado de enemigo en Siria y ese error ha estimulado la aparición del “Califato”… al que rinden secreta pleitesía no se sabe cuantos musulmanes en cuaántos países.

En definitiva y para no engrosar más este enmarañado ovillo: el primer paso a dar para tratar de aniquilar –es mucho decir, ya lo sé- al Estado Islámico es que Occidente se ponga de acuerdo con Rusia para que el Ejército de Asad ocupe las posiciones yihadistas. Y, además, “embarcar” en la operación a los países árabes e, incluso, a Irán, lo que podría propiciar un acercamiento de chiítas y sunnitas. Y después, respaldar hasta el último aliento la ofensiva del presidente egipcio contra el sistema educativo islámico, lo cual quiere decir que es necesario acabar con la exportación del Islam radical que subvenciona -¡ay!- el wahabismo saudita. Una estrategia de décadas, acaso de siglos. Pero la evidencia es que con el terrorismo islamista no se acaba de la noche a la mañana.

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