La sorpresa, esa ley de la historia

De la Transición a nuestros días ¿qué gran pecado ha cometido la considerada derecha española, para ser tan odiada –o simplemente despreciada- por la izquierda? ¿La corrupción? No, ciertamente; la izquierda está tan manchada o más por esta ominosa trasgresión moral. Además ¿qué es la moral para la clase política? Se puede engañar, se puede mentir, se puede incumplir lo que se promete, se puede reprimir la libertad religiosa, se puede transgredir la Constitución, se puede prevaricar…

Podría decirse que el camino hacia la justicia que, en definitiva, es lo que debe perseguir la política, está bordeado de tumbas pestilentes. Todos se salvan del oprobio, menos la derecha. ¿Se trata solo de un conjunto de resentimientos del pasado, ese pasado republicado que la izquierda añora aunque no lo haya vivido? No lo parece, porque en aquella II República tricolor que reaparece en cualquier manifestación izquierdosa, también había partidos de derechas y eran igualmente odiados. ¿Entonces?

Hay muchas explicaciones, tantas como libros sobre nuestra reciente historia. Pero olvidemos el pasado, a la “memoria histórica” que legó Zapatero a sus partidarios, y vayamos al presente. Algunos dirigentes socialistas, en especial los que ocupan el poder en su partido, empezando por Pedro Sánchez, acusan al Partido Popular -¡la derecha!- de haber provocado una creciente desigualdad en la sociedad, consecuencia directa de los recortes presupuestarios, aparte de los mil y un casos de corrupción más o menos imaginada. Y señalan a Mariano Rajoy como un apestado, el culpable de todos los males que nos ha traído la maldita crisis. Otra gran mentira que ha servido y sigue sirviendo al socialismo para ocultar la gran desigualdad que nos trajo Zapatero con la destrucción de más de tres millones de puestos de trabajo.

¿Hay mayor desigualdad que el paro? Al parece la hay: tratar de fomentar el empleo con unas reformas laborales a todas luces necesarias. Ese es, en parte, el gran pecado de Rajoy: haber señalado el camino del crecimiento con el puntero de la austeridad. “Austericidio” lo llaman los hipócritas. ¿Qué hubieran querido? ¿Qué siguiera el gasto público sin freno para endeudar a veinte generaciones que nos sigan? ¿Qué nos hubieran declarado en bancarrota y hubiesen llegado a La Moncloa los “señores de negro” a gobernarnos directamente?

Es muy posible que, en el fondo de todas las acusaciones y críticas a la derecha que nos ha gobernado, se encuentre una frustración ideológica. Sacar a España de la crisis, como ha hecho Rajoy, ha significado, en buena medida, un freno a la “revolución social” que se inició con el movimiento del 15 M que dio alas después a la extrema izquierda. Otro pecado de lesa subversión.

Pero Rajoy tiene otro gran pecado sobre sus espaldas aunque no le haya llegado a la conciencia: el incumplimiento de promesas electorales que no le hubieran costado ni un euro a los presupuestos de Montoro… y que hubiesen contribuido a la regeneración moral de la sociedad. Eso, como es evidente, le trae sin cuidado a la izquierda que aspira a un “cambio de progreso”., es decir, un cambio hacia una mayor inmoralidad, un cambio que ha llevado a Pedro Sánchez al fracaso electoral más estrepitoso de su partido y al ridículo de su “teatrillo” de investidura, al que tanto le ha ayudado el emergente “centrismo” de Ciudadanos… Una variante del rechazo de la derecha, que ahora se ha empezado a llamar “rajoyismo”.

¿Y ahora? Los españoles tenemos dos posibilidades: reír o llorar. El espectáculo que hemos vivido se va a repetir de manera inexorable. Rajoy está solo con su partido, si bien cuenta con un electorado que nunca más le dará la mayoría absoluta por mucho que tema la alternativa del “cambio” que propugna el PSOE de Sánchez. En frente tiene a toda la izquierda, al separatismo y al engañoso centrismo del emergente Rivera, además del resto de la pintoresca Cámara recién disuelta.

Esto quiere decir tozudamente que será necesario –como lo ha sido desde el 20-D- un pacto entre los principales partidos. ¿Imposible? A juzgar por las encuestas y las posturas que ya empiezan a definirse, imposible. Rivera no quiere hablar con el PP si Rajoy no se va; Rajoy no se irá mientras sea el más votado; Sánchez pretenderá reeditar su pacto con Rivera al tiempo que negociará con Podemos; Iglesias exigirá a Sánchez un gobierno paritario… y el teatro seguirá durante un tiempo… con alguna variable inquietante.

Veamos. Si el PP es el partido mayoritario, Rajoy asumirá esta vez el encargo que le hará de nuevo el rey para formar gobierno. Lo previsible es que no consiga la investidura en la primera votación. En la segunda tratará de pactar con Ciudadanos y Rivera le dará la espalda; Sánchez asumirá entonces el mismo papel de la función que ha representado hasta ahora, pero antes se irá a Caracas, cogido al brazo amigo de Zapatero, para pedir a Maduro que interceda ante Iglesias, lo mismo que semanas atrás hizo con Tsipras en el colmo de la insensatez. Y puede que, en esta nueva ocasión, tenga éxito, porque el odio de Maduro hacia Rajoy es equivalente al que mueve a Sánchez para echarlo de La Moncloa.

En resumen: o reir si el PP reune votos suficientes para obligar a Rivera a un pacto, o llorar ante las cartillas de racionamiento que nos promete la izquierda chavista. A menos que surja lo que los historiadores llaman “ley de la historia”: la sorpresa. ¿Cuál? No hay bola de cristal que pueda anticiparla.

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