Lo que el Papa ha recordado a Europa

 

Con las lágrimas que se le notaban en el corazón, el Papa ha recordado a Europa, desde Lesbos, que ha sido la patria de los derechos humanos. Por desgracia, Europa lo ha olvidado. La crisis migratoria la ha puesto en su sitio, es decir, el de la hipocresía. ¿Qué derechos humanos?

Una Europa que considera un derecho matar a los propios hijos en el vientre de sus madres; una Europa que legaliza la eutanasia y le parece normal el adulterio y la disolución de las familias en nombre de la “igualdad”; una Europa que solo parece preocupada por mantener el sistema económico, que también mata como en tantas otras ocasiones ha denunciado el propio Francisco… ¿Le vamos a pedir a esa Europa que sea generosa con la vida de los cientos de miles de emigrantes que nos han venido huyendo de las guerras, de la miseria, de las ruinas de sus ciudades? Hay que decirlo con claridad: la Europa de los derechos humanos estaba ya agonizante cuando empezaron a llegar –y morir- a las playas griegas los demandantes de refugio. Y bien cabe preguntarse qué ha hecho esa misma Europa que ha renunciado a sus principios –los que defendían sus fundadores bajo la conmoción del holocausto judío-, a su cultura cristiana, a sus raíces en definitiva.

Hoy, esa Europa que ha olvidado sus principios parece que solo está concentrada en el más minúsculo de sus Estados, el Vaticano, porque allí está el Papa, el sucesor de Cristo. Lo demás son vallas de alambradas… Si no fuese por los voluntarios, las ONG que están dando de sí toda la dimensión de su humanidad, además de alambradas solo habría muerte y desolación.

Cierto que no puede olvidarse –tampoco lo ha olvidado el Papa- ese especial clima de ansiedad y de miedo que ha provocado la llegada masiva de “extraños” de otras religiones, especialmente musulmanes que huyen precisamente del terror islamista pero que no dejan de suscitar temor. Eso, ha reconocido Francisco, es comprensible y hasta legítimo. Pero… “la humanidad entera es una sola familia” y los emigrantes “no son números sino personas, rostros, nombres, historias”, algo que también se olvida en los despachos de los que tienen la obligación de acogerlos y darles un futuro.

¿Qué futuro? ¿Qué les vamos a transmitir a estos hermanos nuestros que nos piden ayuda? Supongamos que, finalmente, como complemento del vergonzoso acuerdo con Turquía (una trata humana, en definitiva), la Unión Europea pone en marcha el inicial reparto por cuotas entre los países miembros. ¿Se ha previsto siquiera dónde y cómo van a vivir esas familias? ¿Qué educación los vamos a dar? Aquí, en la Europa de los derechos humanos, se está erradicando la enseñanza de la religión en las escuelas públicas en aras de la libertad, del laicismo  y del multiculturalismo.

¿Se dejará que los niños musulmanes sean adoctrinados en las madrasas, más o menos clandestinas, que florecen alrededor de las mezquitas o se reforzará la clase de religión de manera que los propios escolares católicos tengan de nuevo su oportunidad de conocer sus propias raíces civilizadoras?

Los europeos parecemos muy orgullosos de haber alcanzado la cota máxima de los derechos, como el “derecho a decidir” sobre la vida del feto humano, al tiempo que se quiere negar el derecho a la libertad religiosa y de enseñanza. Aquí lo que nos priva es la libertad. Y no está nada mal. Pero esa libertad parece que se ha quedado solo en una adulterada “libertad de expresión”, el primero de los dogmas europeos, que permite burlarse de las creencias de unos y de otros, de blasfemar, de denigrar, de difamar.

El desiderátum de esa libertad lo hemos visto estos días con el expediente judicial abierto a un supuesto sindicato que se dedicaba a denunciar a personas e instituciones por delitos más o menos imaginados, para negociar después la retirada de la denuncia a cambio de dinero. Es la “modernidad” del chantaje, de la libertad de extorsión. Un delito, si, como la evasión fiscal, la mentira, el engaño… pero que se ha convertido en una parte de la “normalidad del comportamiento relativista de la sociedad. ¿Es eso lo que vamos a enseñar a las familias musulmanas o incluso cristianas que nos llegan de países donde se tiene a gala la creencia en Dios, el rechazo del aborto como una abominación y del adulterio como una ofensa a la integridad de la familia?

Y aquí la pregunta clave: ¿Por qué se alistan tantos europeos en las filas de los yihadistas? Lo recuerdo para quien no esté al corriente: los expertos que han estudiado este espinoso asunto nos dicen que el reclutamiento de futuros terroristas se debe, sobre todo, a la frustración de una juventud que solo ve hipocresía en sus propias familias y en la sociedad. Este sentimiento se acrecienta entre las hijos de segunda y tercera generación de inmigrantes musulmanes que ahora viven en barriadas de las grandes ciudades, convertidas en guettos. El acabóse sería que los hijos de las familias que ahora nos llegan siguiesen el mismo camino de frustración.

Me pregunto, por otra parte, hasta qué punto se ha estudiado el modo de integración de esas familias que son tan bien recibidas en pancartas ideológicas en las balconadas de algunos ayuntamientos. ¿Se van a construir viviendas exclusivas para ellos o se van a repartir por todas las barriadas y pueblos de cada país? Lo ideal sería que fuesen acogidos en el seno de familias con sitio sobrante en sus propias viviendas, pero luego habrá que buscarles trabajo y, en definitiva, labrarles un futuro. Hace tiempo que el Papa ha pedido a todas las diócesis, a las parroquias, que se movilicen y así lo están haciendo ya las instituciones sociales de la Iglesia…

En todo caso, el Papa ha ido a Lesbos para que Europa y los europeos se miren a si mismos y piensen en todo esto con más celeridad. Y, sobre todo, para que se abra paso a la única solución que daría satisfacción a todos: la paz en Siria, la desaparición del Daesh, la persecución sin piedad del tráfico de armas y de seres humanos… y la exigencia a los países árabes ricos –Arabia Saudita, Catar, Bahrein, Kuwait…- de que paguen los gastos y dejen de apoyar a las facciones que se hacen la guerra en todo el Oriente Medio.

La acogida de refugiados es tan solo –con toda su complejidad- un parche temporal: lo que importa es que todas estas familias pueden volver a sus ciudades, que tendrán que ser reconstruidas con la aportación de lo que más duele en tiempos de bonanza y de crisis: dinero, dinero, dinero…

 

 

 

Leave a Comment

Your email address will not be published.