Mosul: Preguntas obligadas tras la caída del Estado Islámico

Más pronto que tarde, Mosul, la ciudad fuerte del llamado Estado Islámico, terminará por caer. Pero la cuestión que se plantea no es el cuándo sino el cómo y, sobre todo, el qué, es decir, qué pasará después. ¿Se puede creer que los yihadistas serán derrotados, el “califato” desmantelado y sus restos aventados sobre el Tigris y el Eufrates? La respuesta es no: el yihadismo seguirá e, incluso, se hará más peligroso para el mundo entero porque sus militantes no solo están en el norte de Irak sino esparcidos por buena parte de los países islámicos.

Suele insistirse mucho en una falsedad que emplean los propios dirigentes de los mil y un movimientos o asociaciones islámicas: que los terroristas del EI o del ISIS en sus siglas inglesas, no son verdaderos musulmanes. Mucho me temo que lo son, igual que los predicadores del Tablig, los salafistas, los wahabitas saudíes, los taliban afganos o los Hermanos Musulmanes, ahora calificados de terroristas en Egipto. Son tendencias islámicas más o menos rigurosas, más o menos intransigentes, más o menos utópicas. Pero todas tienen en común sus interpretaciones literalistas del Corán y sus lecturas de los antepasados medievales como Ibn Taimíya, o de los más modernos surgidos al socaire de la época colonial, como los egipcios Hasan Al Bana y Sayed Qobt.

Estos extremistas no solo tratan de destruir la civilización occidental o, si se quiere, el cristianismo, aunque hace tiempo que Occidente ha dejado de lado su fe, sino de la “moderación” de otras corrientes islámicas más espirituales como pueden ser los sufíes o, simplemente, los musulmanes que aceptan la convivencia con cristianos, judíos… y agnósticos. Y, por supuesto, quieren implantar el Islam en todo el mundo, tal y como se ordena en el contradictorio Corán, que también obliga a no ejercer coerción sobre el no creyente. El mundo tiene que ser islamizado sea como sea, por la fuerza o por el terror: ese es su credo.

Así que, una vez que en Mosul ondee la bandera iraquí, habrá que seguir la pista de los yihadistas supervivientes. Primero se refugiarán en Siria, donde se unirán a los grupos que combaten contra el régimen de Al Asad y luego se fundirán con la población civil, emigrarán y buscarán nuevos santuarios y nuevas formas de terrorismo.

Cosa muy distinta es lo que pasará en el propio Irak, gobernado por la mayoría chiíta desde que se retiraron las tropas norteamericanas y pudieron celebrarse elecciones democráticas. Es un decir, claro. Este gobierno, que preside el chiíta Haidar el Abadi, ha tardado dos años en preparar su ofensiva sobre Mosul, a pesar de los continuos bombardeos de la aviación americana, británica y francesa, sobre las posiciones del ISIS.

En esos dos años, decenas de miles de iraquíes no musulmanes -cristianos y yazidíes- han tenido que abandonar sus hogares en todo el territorio ocupado por el “califato”, cuando no han sido degollados públicamente. Y, además, ha sido necesario contar con la ayuda de las milicias chíies y los “pershmergas” kurdos para coordinar el ataque final junto a los bombarderos aliados y los servicios de inteligencia de Estados Unidos, además de las incursiones interesadas de Turquía. En total, más de cien mil soldados… contra un máximo de seis mil yihadistas fieles al “califa” Al Bagdadi, que controlan una población de más de un millón de personas, ya sean simpatizantes ya sumisos convertidos en rehenes humanos.

Lo que realmente interesa saber es qué ocurrirá el día después de la toma de un Mosul en ruinas , cegado por el humo de los edificios y las reservas de petróleo incendiadas. El Irak de Saddam Husein estaba unido bajo el temor que inspiraba el dictador. Hoy, trece años después de la desgraciada invasión americana, el país vive bajo el caos del terrorismo y la división entre la mayoría chiíta y las minorías sunníes y kurdas. Cada parte de esta heterogénea población tiene sus propios intereses y sus propios aliados. ¿Qué pasará entre ellos? ¿Qué repercusión tendrá en el futuro del país el resultado de las elecciones norteamericanas y la evolución de la guerra civil en Siria, combinado todo ello con la presencia cada vez más activa de Rusia y el temor de Turquía a que los kurdos consigan la independencia?

De eso se trata, en el fondo: de la virtual división de Irak en tres partes separadas la kurda, la chiíta y la sunnita, algo que acaso sea la mejor solución para acabar con el terrorismo interno, lo cual está por ver. En definitiva, la conquista de Mosul puede servir para que retorne la población huida y pueda emprenderse su reconstrucción, pero sería casi milagroso que los estrategas de un Washington en retirada hayan previsto una salida al nuevo laberinto que se abre, al tiempo que Rusia sueña con recuperar su pasado de superpotencia y, por ende, la influencia perdida en todo el Oriente Medio.

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