Nosotros -¡ay!- los católicos…

 

 

Más de una vez me he preguntado –y ahora lo vuelvo a hacer tras la lectura del muy correcto Manifiesto del reciente Congreso de Católicos y Vida Pública- hasta qué punto los partidos políticos españoles, y más en concreto, los Gobiernos democráticos, tienen o han tenido en cuenta a la mayoría social que se define como católica.

En los tiempos en que el PP contaba como una significativa corriente democristiana, pudo pensarse que, en efecto, era coherente con el contenido cristiano de sus programas, expresado sobre todo, en su oposición a las leyes introducidas por la izquierda sobre la educación y, de manera más específica, sobre el aborto. Y todavía están vivas en la memoria las grandes manifestaciones pro-vida y pro-familia cristiana que han recorrido las calles y plazas de las grandes ciudades.

Sin embargo, a medida que la sociedad ha ido secularizándose y lo sondeos del CIS nos revelan la disminución del número de bautizos o de matrimonios sacramentales así como la aceptación mayoritaria del aborto o de los llamados “matrimonios” entre homosexuales diríase con fundamento que el PP, antaño paladín de la defensa de la vida, ha dejado en el cajón del olvido su aparente “comunión” con la supuesta mayoría católica. Rajoy ha gobernado con mayoría parlamentaria absoluta durante cuatro años y apenas ha reformado las leyes “sociales” heredadas del zapaterismo.

Las últimas estadísticas nos hablan que más del ochenta por ciento de la población se confiesa católica, lo cual arrojaría la respetable cifra de más de 35 millones de personas. Pero de esa masa tan sensible, menos de la tercera parte acude a los sacramentos como alimento espiritual y todavía habría que reducir el porcentaje de los que participan de la Eucaristía que, sin duda, es el aspecto más visible de la consistencia de la fe católica.

La conclusión a la que quiero llegar es que resulta cuando menos aventurado afirmar, como es frecuente escuchar y se repite en el Manifiesto antes citado, que la religión católica es mayoritaria en nuestro país, razón que ha movido a los organizadores del Congreso a pedir a las autoridades que “no olviden” este dato, tan unido a la garantía de derechos y libertades recogida en la Constitución.

Cabría preguntarse qué es y qué significa ser católico más allá de defender la vida o la familia… La libertad y, en definitiva, los derechos humanos, están presentes en la Constitución elaborada en un tiempo en que apenas se cuestionaba la “mayoría” católica de la población. Cierto que desde una perspectiva cuantitativa, los católicos seguimos siendo una mayoría en comparación con las sectas protestantes o los musulmanes. Pero ¿no tendrían más peso social los agnósticos o indiferentes al hecho religioso? Más aún: ¿Qué pasaría ahora si el Parlamento fuese llamado a elaborar una nueva Constitución? ¿Perviviría el “trato preferencial” con la Iglesia Católica o la libertad de enseñaza? ¿No se convertirían el aborto y la eutanasia, en un “derecho” constitucional, al igual que la obligación de enseñar la ideología de género a los escolares, como ahora se pretende? ¿No ha llegado la sociedad a confundir la verdad que nos hace libres con la “libertad que nos hace verdaderos” como afirmó en unos de sus días estelares el nefasto Rodríguez Zapatero?

En fin, ¿no nos ha embriagado a los católicos el consumismo, la idolatría del dinero, el bienestar y toda esa cohorte de vicios sociales que recogen millones de votantes de la izquierda-basura, a la que debemos tanto respeto como a los neoliberales-basura? Me haría una pregunta más: ¿manifestamos públicamente la “profunda alegría” de ser cristianos, como afirma en su primer articulo el Manifiesto del Congreso o más bien nos damos con un canto en los dientes porque todavía se nos deja un espacio de libertad?

Con estas preguntas parece que me siento algo o bastante pesimista sobre lo que pintamos los católicos –o los cristianos, para simplificar, como ha hecho el Congreso- en la vida pública. No es así. Los católicos, por definición, tenemos que ser alegres y optimistas por porque tenemos una razón, una esperanza, para vivir. Creemos en la trascendencia, creemos en la misericordia de Jesucristo, el Hijo de Dios que padeció, murió y resucitó para indicarnos que nuestro motor espiritual es el amor al prójimo y nuestra capacidad de perdón.

Lo que me temo es, simplemente, que no actuamos como levadura de la sociedad sino que, al contrario, parece que nos hemos convertido en una masa fermentada por el relativismo. Ahí tenemos a doña Cristina Cifuentes, impulsora de la ideología de género desde su ámbito madrileño, mostrando en Roma su afecto al recién creado cardenal don Carlos Osoro. ¿Una vela al diablo y otra a Dios? No: todo lo más, una forma de mostrarse como una persona “normal”.

En definitiva, nuestro primer paso para significarnos como católicos es… sacudirnos el polvo de nuestra comodidad, como los apóstoles hacían con sus sandalias al salir de las aldeas donde no eran bien recibidos, y como tantas veces reitera el Papa Francisco que habla tan directamente al corazón humano desde el Evangelio.

 

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