¿Pero qué nos ha pasado?

De los cuatro millones de votos que ha perdido el Partido Popular ¿cuántos son de católicos defraudados por las promesas incumplidas, cuántos producidos por el natural desgaste del Gobierno, cuantos por los recortes, cuántos por la ausencia de una comunicación potente y fiable, cuántos por la inquina de las televisiones-basuras (es decir, las cadenas privadas), cuántos por la corrupción, cuantos por no haber reformado el Poder judicial, cuántos por la aparente indolencia frente a agresivo separatismo catalán, cuantos por la agresividad y sectarismo de una izquierda revanchista (léase el PSOE)….?

Respondan una a una a estas preguntas y daremos con la clave del desastre que ha sufrido el PP, aunque haya “ganado” las elecciones. Podríamos decir que también los demás partidos han “ganado”, entre ellos el PSOE porque, acaso, esperaba una debacle aún mayor. Pero lo que resulta evidente es que los dos principales partidos, que aún lo son -el bipartidismo no ha muerto- están obligados a hacer un profundo examen de conciencia ante los números que le han arrojado a la cara el escrutinio del 20-D.

No se trata ahora de hacerse ilusiones mediante estúpidas operaciones matemáticas: que si Ciudadanos apoya al PP o Podemos apoya al PSOE; que si se abstienen para que el débil “ganador” pueda formar gobierno y esperar tranquilamente a que se estrelle. No. Lo importante es que cada cual asuma sus responsabilidades y vean las razones de su debacle.

Les diré lo que pienso. El señor Sánchez, don Pedro, debiera haber dimitido a los cinco minutos del escrutinio y el señor Rajoy, don Mariano, debiera haber dicho que dimitiría si no logra formar un gobierno mínimamente estable. Y los dos partidos, una vez limpios de polvo y paja, ponerse de acuerdo para pactar una gran coalición basada en la defensa del bien común, de la unidad de España y de un reparto más equitativo de lo que el Estado pueda recaudar a partir de ahora.

En realidad, todo se va a dirimir en esas otras matemáticas: tanto tengo, tanto doy. ¿De qué valen las promesas destinadas a engañar a los incautos ciudadanos? En una cosa tiene razón el señor Rajoy: que no existe mejor política social que crear empleo y aumentar así la recaudación impositiva, al tiempo que se expande el consumo. Pero ya es hora de que los políticos –liberales y socialdemócratas- piensen un poco en que este modelo económico basado en gastar más en lo que no es necesario con tal de producir empleo, solo vale para enriquecer a los ricos.. en la medida que no se distribuye con equidad la riqueza.

No me vale que Inditex, por poner un ejemplo, abra más tiendas y emplee a más gente si, al final, el dinero que se gana va a parar a los bolsillos particulares del hombre más rico de España… aunque pretenda modelarse una imagen de artruista porque dona algunas limosnas a las ONG dedicadas a la caridad pública. Tampoco me vale que empresas como Abengoa se vengan abajo por una mala gestión empresarial y los culpables se embolsen –o traten de embolsarse- unas indemnizaciones multimillonarias… al igual que han hecho los antiguos gestores de las cajas de ahorro inundadas de políticos de toda laya.

¿Qué dirigente político o qué empresario se ha leído a fondo la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” o la encíclica “Lauditio si”, aunque no sean católicos? Y si lo han hecho ¿se les ha removido la conciencia? No hace falta ser creyente para entender lo que dice el Papa sin pelos en la lengua: esa economía de la exclusión y la iniquidad que nos inunda, mata y que la alegría de vivir se apaga mientras la falta de respeto y la violencia crecen junto a la mezquindad. O que la economía de mercado llevada a sus últimas consecuencias, se basa en la ingenua confianza en la bondad de quienes detentan el poder económico (ojo a la palabra detentan) gracias a unos mecanismos sacralizados que han dado lugar a una globalización de la indiferencia.

¡Vamos, vamos! No sé hasta qué punto el aguijón de un “Podemos” crecido al socaire de la degradación política y de la huida de capitales a paraísos económicos puede hacernos despertar de nuestra modorra hedonista. De momento, quien ha  empezado a hacer examen de conciencia ha sido la propia Iglesia española, alarmada por la deriva laicista y relativista que, por desgracia, estimulan hasta el paroxismo los partidos “progresistas”.

¿Para cuando una potente presencia de los católicos en la vida pública? Pero dejémonos de preguntas y vayamos a la realidad que se nos presenta con un país prácticamente ingobernable. ¿Qué se puede hacer? Algo muy simple: que los partidos con posibilidades de formar gobierno descubran, de una vez, el bien común, se dejen pelos ideológicos en la gatera de la realidad y empiecen la regeneración política a partir de la regeneración moral.

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