¡Qué pena, qué vergüenza!

Ya empieza a ser insoportable el vergonzoso espectáculo que está dando el PSOE con sus divisiones internas, como consecuencia de la desmedida ambición de Pedro Sánchez por sentarse en La Moncloa, que nadie ha podido parar. Sánchez no solo se ha burlado de los históricos” socialistas sino del propio Comité Federal que le ha marcado la única senda por la que puede caminar: la constitucional.

Sánchez cree que tiene una oportunidad de oro para ser presidente del Gobierno y, como perro de presa hambriento, no la suelta por muchos palos que le den. Más aún: cree que si, finalmente, suma los votos necesarios para ser investido, nadie en su partido se atreverá ya a criticarlo porque lleva en su mochila un programa muy concreto para destruir al Partido Popular y, luego, demostrar que puede dominar o, al menos, controlar a Podemos durante el tiempo suficiente para revocar todas las reformas de Rajoy sin tocar las arcas públicas porque tiene los presupuestos hechos.

Pero ¡que pena, qué vergüenza!

Es una pena y una vergüenza que un partido tan civilizado como el PSOE, que ha gobernado España en un marco democrático, que nos ha llevado al seno de la OTAN y de Europa, se niegue en redondo a dialogar con su principal adversario, con el pretexto de la corrupción, como si él no le envuelva ese maloliente hedor de la charca andaluza.

Es una pena y una vergüenza, que para llegar al Poder tenga que negociar con un partido que aspira a destruir el sistema democrático e implantar una democracia popular de corte soviético-chavista.

Es una pena y una vergüenza que, además, esta ambición de Sánchez se anteponga a la necesidad de un consenso para reformar la Constitución, como pretende.

Es una pena y una vergüenza que Sánchez y sus asesores de Ferraz mientan cada día a los españoles para decirles que quieren dialogar con todo el mundo, cuando rechazan hablar siquiera con el PP y faciliten la formación de grupos separatistas en el Senado por pura cortesía….

También es una pena y una vergüenza que Sánchez repìta hasta la saciedad que el electorado español ha votado por un Gobierno de progreso para justificar así su entrega a manos de un partido leninista que solo aspira a asaltar el Poder -¡el cielo!- para importar en España el modelo bolivariano.

Y más pena y más vergüenza dan que cinco millones de españoles hayan dado su preferencia a ese partido al que quiere asirse Sánchez como clavo ardiendo, sin saber realmente para qué va a servir realmente su voto.

Y no sigo más porque me da pena y vergüenza que, en el fondo y en la forma, Sánchez nos quiera condenar, una vez más, al enfrentamiento civil después de una transición que nos debería haber cerrado todas las heridas causadas antes y después de la guerra que nos cubrió de sangre fratricida.

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