Tolerancia y misericordia

 

Leo con satisfacción que en Roma han producido un vídeo, de media hora de duración, sobre el sacramento de la penitencia… con motivo del Año Jubilar de la Misericordia. Les diré por qué. Llevo bastante tiempo “mosqueado” con dos palabras que se utilizan mucho en todos los idiomas, cuando se habla con más o menos conocimiento de religión y que, últimamente, se han puesto de moda, ya sea para combatir el fanatismo islámico, ya para ensalzar el relativismo que domina el mundo occidental: la tolerancia y la misericordia.

Eso de que hay que ser “tolerante” me sugiere una temeraria superioridad moral o intelectual de algunos sobre los que tienen la desgracia de ser “ignorantes”, es decir, de no compartir las ideas del “ser superior”. La esencia de esa “tolerancia” puede encontrarse, a grandes dosis, en los sistemas democráticos, sin que pretenda despreciar sus virtudes. Hay que “tolerar” la diversidad ideológica aunque cada cual esté convencido de la superioridad de sus convicciones frente a las del adversario. Pero, en el fondo, el liberal desprecia tanto al socialista como el socialista al liberal y no digamos el izquierdista o el derechista extremistas frente a unos y otros.

Tolerar, el cierto modo, es despreciar al contrario aunque se respeten las formas civilizadas del lenguaje y el diálogo. Ahora que sufrimos la oleada del terrorismo islamista, los buenos musulmanes no se cansan de repetir que su religión es “tolerante” con los cristianos y los judíos. Y no se trata de una falacia: ¡es verdad! Los cristianos que viven en tierras islámicas son considerados  “dhimnis”, es decir, unos sujetos obligados a pagar un impuesto oficial para ser “tolerados”. No me agrada decirlo pero, en este sentido, aquellos guerreros islámicos que conquistaban tierras ajenas, fueron los primeros mafiosos de la Historia: cobraban por “proteger” (o tolerar) a los que vivían en la “yalihiia”, en la ignorancia… Los toleraban, si, una vez que pagaban sus impuestos… hasta que se hacían musulmanes. De modo que, tolerancia cero con la “tolerancia”. Es más digno hablar de respeto dentro de la libertad individual.

Algo así ocurre, en cierta medida, con la la palabra “ misericordia” cuando se va por el mundo de “perdonavidas”. “¡Comparto tu miseria, imbécil, pero me das lástima y no te soporto!”. En el extremo opuesto están los que quieren ser considerados “buenos” a toda costa y lo perdonan todo. Serían dignos de admiración si no lo hicieran en nombre de una religión a todas luces manipulada. Vayamos al cristianismo y, más concretamente, al catolicismo, para entrar en un terreno que puede resultar resbaladizo cuando se pretende ir al fondo de la cuestión.

¿Qué es la Misericordia divina? Dejemos de lado la etimología, tan repetida estos últimos tiempos. Enlas primeras palabras del Papa Francisco en la Bula que convocaba el Año Jubilar que acabamos de iniciar, se define con toda claridad: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Y añade una frase más que reveladora: “El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra…” La misericordia, recuerda más adelante, es fuente de alegría, de serenidad y de paz.

Mejor no se puede decir. Ahora bien –he ahí mi “mosqueo”- ¿es la misericordia un don que se distribuye sin ningún requisito a toda persona, sea cual sea su comportamiento, difame (una forma de matar), robe, adultere, codicie, odie y vaya por la vida tan campante, creyendo incluso que hace el bien porque “lo hace todo el mundo”? Dicho en otras palabras: ¿alcanza la misericordia a quien peca sin reconocer su pecado y sin pedir perdón? La doctrina cristiana, el Evangelio –léase el último capitulo de San Mateo y, más aún, el Apocalipsis-  nos dece con toda sencillez que Dios premia a los buenos y castiga a los malos. Pero cuando hablamos de misericordia, se nos olvida fácilmente que todos somos pecadores y que para acceder a ella hay que pedir perdón.

Cierto: la Misericordia divina es tan grande que todo nos perdona… si antes nos arrepentimos del mal que hemos podido hacer –que hacemos de hecho- y lo confesamos. La Misericordia de Dios se hace palpable en el Sacramento de la Penitencia, seguido de la Eucaristía. Y me pregunto -¡ay, el mosqueo!- ¿cuántos acudimos a comulgar sin pasar por el confesionario, sin sentirnos culpables de nada, sin pedir perdón…? Y, sin embargo, ¿cuántas veces se oculta el pecado para hablar de Misericordia?

Si me hago estas preguntas es para expresar mi alegría por ese video al que me refería al principio sobre el sacramento de la Penitencia… para hablar del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. ¿Se nos había olvidado que Dios es misericordioso con aquel que humildemente se reconoce pecador y le pide perdón? El Papa evoca el Concilio para recordar que la Iglesia prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad. ¡Por supuesto! Pero -¡cuidado!- no caigamos en la herejía del irenismo, esa falsa paz que se basa en la comodidad de no comprometernos con nada y evitar así molestias internas. Y acaso sea pertinente recordar lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: la confesión debe ser individual e íntegra. O sea que de nada valen esas celebraciones comunitarias de la Penitencia si no hay absolución personal tras una confesión personal.

Al pan, pan y al vino, vino. Se nos perdona cuando pedimos perdón y no creamos –como creen algunos- que con la Redención todo está ya perdonado y que, por lo tanto, ha dejado de existir el pecado. Lo diré de otra manera: nuestra fe y nuestra esperanza se basan en la misericordia divina, es decir, en  buscar a Dios como lo hizo el hijo pródigo: pidiendo perdón al Padre que lo esperaba con los brazos abiertos. Y no crean mucho en esos buenísimos curas que han olvidado el sentido del pecado, como si la Redención no hubiese sido necesaria o, peor aún, como si no hubiese existido….

 

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