Un corto sobrevuelo por el Cercano Oriente…

La reconquista de Alepo por el Ejército regular sirio, con el apoyo de la aviación rusa y las milicias chiitas libanesas de Hezbolá, casi ha coincidido con la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que condena los asentamientos israelíes en los territorios ocupados de Palestina. Por supuesto, se trata de una coincidencia temporal, sin conexión bélica o política entre ambos hechos. Pero solo en apariencia, porque basta un breve sobrevuelo de cuanto ocurre en toda la región del Cercano Oriente para explicarse muchas cosas, desde el actual terrorismo islamista a la crisis migratoria… y la emergencia de los contradictorios populismos en Europa.

La actual dictadura siria no existiría si, en 1963, no se hubiese producido un golpe de Estado que llevaría al poder, pocos años después, en otro golpe militar, al general Hafez el Asad, padre del todavía presidente Bachar El Asad. Y esos golpes de Estado tampoco hubieran sido previsibles de no ser por las revoluciones socialistas y nacionalistas surgidas en diversos países árabes a partir del hito que cambió su historia, la aparición en la escena de un nuevo país ajeno al mundo que lo rodeaba: Israel. Remover un poco la historia nos lleva, de manera obvia, a la rivalidad Este-Oeste, es decir, a la “guerra fría” en cuyos comienzos se sitúa, ay, la fundación del nuevo Estado, tan admirado por su sistema democrático en medio de un entorno donde no se conocía la libertad, y tan denostado por su usurpación de Palestina.

Sería demasiado remover, porque habría que remontarse a la I Guerra Mundial y al reparto de los despojos del derrotado Imperio Otomano por Francia y Gran Bretaña. Y después, naturalmente, del Holocausto. Para eso están los controvertidos manuales de la historia moderna en los que resulta difícil encontrar un poco de neutralidad cuando se trata de hablar del nacimiento del Estado judío. En todo caso, el resultado ha sido la tremenda división entre los países árabes, que ni siquiera cuando parecían unidos, fueron capaces de extirpar ese quiste que les salió en 1948 y que llaman con amargura la “nabka”, el desastre. Cinco guerras han perdido desde entonces hasta llegar a la casi definitiva de junio de 1967, la inolvidable “guerra de los seis días”. Como es bien sabido, Israel ocupó entonces buena parte de lo que fue Cisjordania, además de todo Jerusalén –convertida en “eterna” capital unificada de Israel a partir de 1980- y los altos del Golán en territorio sirio.

En fin, esta maraña de conflictos , en la que han intervenido como “protagonistas invitados” tanto Rusia como los Estados Unidos con su aliados europeos, nos conduce estos días al increíble fortalecimiento de Israel como potencia regional -¿y por qué no mundial?- y al caos permanente de los países árabe-islámicos, con la aparición de la “primavera árabe”, la radicalización del islamismo anti-occidental cristalizado el “Estado islámico” y, obviamente, a la guerra civil en Siria, sus decenas de miles de víctimas civiles y sus millones de habitantes desplazados.

Soy consciente de que este simple vuelo por los escenarios más calientes del mundo desde hace siete décadas, tan solo es un mero ejercicio de la memoria que deja grandes lagunas. Pero el propósito era llegar a la concatenación de hechos que ha convertido todo el Cercano Oriente en un volcán en erupción permanente y que estos días ha arrojado la lava de la “victoria” del chiita Asad contra sus rebeldes, apoyados por la sunnita Arabia Saudita, buena parte de Europa y Estados Unidos… Y así llegamos a la ya famosa resolución condenatoria del Consejo de Seguridad contra los asentamientos israelíes en los territorios ocupados en 1967.

Lo más sorprendente es que dicha resolución, presentada inicialmente por Egipto, ha sido posible gracias a la abstención de Estados Unidos, todo un acontecimiento histórico que no cuadra con el permanente apoyo de Washington a Israel. ¿Qué ha pasado? En realidad, este cambio repentino de postura de la primera potencia mundial, sin la cual no existiría siquiera Israel, no parece tener otra explicación que el secreto deseo de Barack Obama de hacer honor al premio Nobel de la Paz que se le concedió apenas puso el pie en la Casa Blanca. Por cierto, el propio Obama confesaba recientemente que nunca entendió por qué la Academia sueca le otorgó tal galardón…

Puede que Obama pase a la historia por su buenismo pero no, desde luego, por su conocimiento del mundo árabe aunque, bien es verdad, ha tratado desde el inicio de su primer mandato, de mantener un equilibrio casi imposible en las relaciones con Israel y sus vecinos. Otra explicación posible es su manifiesto interés por marcar diferencias con su sucesor, el republicano Donald Trump… que trató por todos los medios de impedir la condena de la política colonizadora de Israel. Pero Obama, es de suponer, es plenamente consciente de que su “gesto” en favor de los palestinos iba a ser frontalmente rechazado por el irritado primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu y que no irá seguido por unas hipotéticas sanciones económicas a Israel. Antes de que esa pueda ocurrir, Trump ya se habrá tomado posesión del despacho oval.

No obstante, lo que más ha podido influir en la decisión de Obama ha sido, probablemente, su propia frustración por los pobres resultados que ha dado su política de aparente equidistancia en la región más violenta de la tierra.  Pero hay que reconocerle que, consciente o inconscientemente, su ruptura con el pasado, puede y debe significar un intento por reabrir el debate internacional sobre la ilegalidad de las colonias judías, constantemente rechazada por la comunidad internacional. Y, sobre todo, por despertar de su letargo las conversaciones de paz entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina que, en su momento, deberán conducir a la fundación de dos Estados soberanos. ¿Cómo y cuándo ocurrirá esto, después de tantos años de diálogo de sordos, sobre todo, desde los ya enterrados acuerdos de Oslo que dieron también el Nobel de la Paz a Simon Peres y Yaser Arafat? ¿Es siquiera imaginable que Israel de marcha atrás al asentamiento de más de medio millón de israelíes en la Palestina ocupada, el Golán y Jerusalén? ¿Qué resolución de la ONU será capaz de desalojarlos?

Este es el primer gran desafío que nos espera en el cercano 2017. Buena parte de lo que ocurra a partir de ahora en el Cercano Oriente va a depender de las relaciones que mantengan el temerario y ¿previsible? Donald Trump y su homólogo ruso, el ambicioso Vladimir Putin. Todo ello, con el permiso de la interminable rivalidad entre Irán y Arabia Saudita, sin olvidar la Turquía del otomano Erdogán y las ramificaciones terroristas previsibles del “Estado islámico”, incluidas las consecuencias de la crisis migratoria. O sea, no es conveniente apagar el televisor ni la radio en los próximos meses, digamos a corto plazo.

 

 

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