Un reto más a Rajoy: ¿se atreve a hablar de las raíces cristianas de España?

Es probable que apenas se recuerden ya las declaraciones de la canciller alemana, Angela Merkel, durante una reciente visita a la Universidad de Berna, la capital suiza, en las que afirmó que para hacer frente a los riesgos de islamización de Europa, el viejo continente haría bien en volver la mirada a Dios y leer la Biblia.  “Me gustaría ver a más personas que tengan el coraje de decir que es creyente cristiano”, añadió con toda sencillez. Poco después fue el primer ministro británico, David Cameron, quien defendió, como ya lo había hecho en otras ocasiones, los “valores cristianos” del Reino Unido como clave para hacer del país “un hogar” para personas de creencias diferentes.

No es necesario recordar que tanto Merkel como Cameron son cristianos y que sin alardear de su fe, no la ocultan cuando tienen que dar testimonio de ella en el momento adecuado. ¿Quién imagina en nuestro país que, alguna vez siquiera, un presidente del Gobierno tuviese el valor de reconocer los principios cristianos de nuestra cultura, sin estar expuesto a la reprobación de la mayoría de los partidos políticos?

Precisamente estos días de convulsión política, ese arribista con coleta que aspira descaradamente, a ser vicepresidente del Gobierno en coalición con los socialistas, se burlaba del todavía ministro del Interior al afirmar con toda la irreverencia de su desprecio a quien no piensa en clave “progresista”, que “sus” ministros no necesitarán invocar a la Virgen cuando tengan que tomar una decisión importante…

Por lo que se ve, en la España de hoy, como en la época republicana, ser católico resulta peligroso, aunque esto tampoco es nada nuevo en la vieja Europa que los musulmanes de fuera -y muchos de dentro- nos llaman con desprecio “cruzados”, en recuerdo de tiempos pretéritos. Nuestras queridos refugiados e inmigrantes islámicos –por supuesto, no hablo de los asesinos yihadistas- no han caido todavía en la cuenta de que, salvo excepciones –como las recientes de Merkel y Cameron- hemos evitado con exquisito respeto al “pluralismo” religioso mencionar de manera explícita nuestras raíces cristianas en la propia Constitución europea. Y ello a pesar de que los padres de Europa fueron, oh paradoja, tres católicos practicantes: el francés Robert Schumann, el alemán Konrad Adenauer y el italiano Alcide De Gasperi.

¿Quién se acuerda de ellos o de los intelectuales de la época como Jean Monnet o Salvador de Madariaga? Que se lo pregunten a los cuatro ganadores-perdedores de las recientes elecciones legislativas en nuestro país, desde la izquierda a la derecha: Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y el mismísimo Mariano Rajoy, salvadas las diferencias y los matices que uno quiera poner.

Al fin y al cabo, le gran incógnita que persiste tras el recuento electoral, es cuantos católicos han dejado de votar al Partido Popular de Rajoy, como consecuencia de  haberse negado a abolir la ley del aborto… que había recurrido al Tribunal Constitucional  desde la oposición. ¿Llegó la decepción de los cristianos e incluso de algunos agnósticos con sentido del valor de la vida humana, hasta el extremo de restarle casi cuatro millones de votos? No parece que haya sido así porque, en definitiva, la votos sustraídos al PP han ido a parar a un partido mucho más laicista como es Ciudadanos, que tiene en su programa la supresión de la libertad de enseñanza…

Sin la menor duda, la política de austeridad y su secuela de paro y rebaja de salarios ha tenido mucho más peso a la hora de acudir a las urnas que la irritación por el incumplimiento de la promesa electoralista que le dio la mayoría absoluta hace cuatro años. Puede que esto sea ya agua pasada, aunque no lo será tanto si llegamos a la repetición de las elecciones. Rajoy cedió, obviamente, a las presiones de todo el “progresismo” que se oponía en bloque a cambiar siquiera una coma de la “ley Aído-Zapatero”. Al extremo de que, si ahora se llega a formarse un gobierno de frente popular, abolirá hasta la “petite reforme” introducida vergonzantemente por el PP de que las adolescentes consulten a sus padres en caso de que quieran abortar. El PP pudo haberlo intentado, pero acaso los asesores de Rajoy tenían razón al decirle que  perdería muchos más votos del electorado de centro que de la supuesta “derecha” pro-vida, si hubiese derogado la nefanda ley.

Es la sociedad, el electorado, el que ha votado el resultado que ahora tenemos y que nos puede abocar a que nos gobierne el tandem social-comunista de Sánchez e Iglesias (¡qué apellido! ¿Por qué no se lo cambia, don Pablo?). En este sentido, como católico me importa bien poco quien nos vaya a gobernar: pase lo que pase, es el cuerpo electoral el que ha decidido, si bien ahora son las astucias de unos y de otros las que entren en el juego de las operaciones aritméticas. Lo que si resulta preocupante es, precisamente, el cambio de valores de la sociedad, que ha sucumbido, en buena medida, al “encanto” del laicismo.

¿Es posible recuperar nuestras raíces, nuestros principios, nuestras virtudes cristianas? La Iglesia no cesa de poner en marcha planes de evangelización y acaso gracias ellos se mantiene viva la práctica sacramental de los domingos y festivos, con el añadido de la costumbre social de acudir a los funerales, bodas y bautizos, y hasta comulgar, para “quedar bien”. Pero ¿y si alguna vez, algún dirigente de la llamada derecha –es decir, el liberalismo despojado del humanismo cristiano- se arma de valor y nos dijera a los españoles algo parecido a lo que Merkel y Cameron han dicho a sus compatriotas?

Me encantaría proponerle un reto al señor Rajoy, ahora que vive su momento de “gloria” tras astuta jugada política de declinar el intento de formar gobierno: ¿Estaría usted dispuesto a confesar públicamente su fe católica y pedirle a los españoles que se ocupen más de la educación de sus hijos, leyeran más la Biblia y volviesen su mirada a Dios para ser más humanos… y más felices? Una buena ocasión sería la de su hipotético discurso de investidura… Puestos a ser abochornado, que sea por una causa más noble que la de formar gobierno…

Y, de pasada, un apunte oportuno. Cuando el Hasan Al Banna fundó en Egipto la cofradía de los Hermanos Musulmanes –hoy considerados terroristas por el nuevo “rais” Abdel Fatah Al Sisi- tenía como objetivo reforzar la identidad islámica de su país para contrarrestar la cultura laicista propagada por los ocupantes británicos como palanca “civilizadora”. “Lo que nos han traído no es sabiduría sino todos los vicios que están pudriendo Europa: la pornografía, el adulterio, la prostitución, la destrucción de la familia, la ausencia de principios morales…” El imperio británico cayó, al igual que el de su rival el francés, que también ocupó grandes extensiones del mundo árabe. Pero en la estela que dejaron –incluida la espina palestina,se encuentra, en buena medida, el radicalismo islámico que mata, persigue a judíos y cristianos y tiene aterrorizado al mundo occidental… Parece que, al menos Cameron y Merkel, han tomado buena nota ante la oleada de refugiados que buscan cobijo entre nosotros, los “cruzados”.

 

 

 

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