Vaga respuesta del G-20 al terrorismo

 

La Vanguardia

 

Si la matanza del pasado viernes en París, el más que probable derribo bélico de un avión comercial ruso sobre el Sinaí el pasado 31 de octubre, el mortífero atentado en Ankara del 10 de aquel mismo mes y el doble atentado perpetrado en Beirut el pasado 12 de noviembre, todos ellos atribuidos a acciones del Estado Islámico (EI), no son suficientes para que la comunidad internacional se comprometa de una forma efectiva a hacer frente a la guerra planteada por el yihadismo, es que la humanidad tiene un grave problema.

Quiso el azar que la masacre parisina coincidiera con la víspera de una reunión del G-20 en el balneario turco de Antalia. Pero sobre los líderes de los países más ricos y poderosos del mundo reunidos prevalecieron sus intereses nacionales sobre la evidencia de que el planeta se enfrenta a una crisis bélica global. Cierto es que el Estado Islámico no es un Estado, pero sus más de 30.000 soldados, muchos de ellos jóvenes de origen europeo, han demostrado que son capaces de exportar a cualquier rincón sus mortíferas acciones, seleccionadas con tanta inteligencia como crueldad. Es más, en la noche del viernes negro parisino dieron un paso más en su estrategia: actuaron tres comandos, de forma coordinada, para sembrar un reguero de sangre, dolor y terror. El presidente Hollande admitió ayer, en la reunión conjunta de la Asamblea y el Senado, que lo ocurrido el viernes no afecta sólo a Francia y a los franceses, sino al mundo entero. Tiene razón.

Sin embargo, los líderes del G-20 sólo fueron capaces de emitir un vago comunicado en el que se comprometen a reforzar la cooperación y el intercambio de información, así como a congelar los bienes de los terroristas, criminalizar la financiación del terrorismo y robustecer las sanciones contra los regímenes relacionados con la financiación del terrorismo, así como a incrementar

la cooperación y el desarrollo de más medidas preventivas, incluyendo un mejor control de las fronteras. Los Obama, Putin, Merkel y demás mandatarios quedaron lejos de lanzar a los terroristas un mensaje más claro y contundente: que el mundo está unido frente a ellos. Cierto que EE.UU. y Rusia tienen diferencias sobre el papel que debe desempeñar el dictador sirio Bashar

el Asad en la transición en su país. Siria y la guerra civil que ya va por su quinto año son el avispero en el que se ha gestado el EI, pero también lo es que los cientos de miles de refugiados que transitan por Turquía y el sur de Europa huyen tanto del EI como de la guerra. Por tanto, ponerle fin y pacificar el país es una prioridad, además de enfrentarse con eficacia al califato.

Francia ha intensificado sus ataques aéreos contra posiciones del EI, en una iniciativa más destinada al consumo interno que a una estrategia razonable. Hollande pedirá a la ONU una resolución contra el terrorismo yihadista que dé cobertura a una ofensiva aliada. Pero no es suficiente. Hasta que Washington y Moscú no se pongan de acuerdo en resolver el contencioso sirio y no capitaneen la ofensiva contra el EI, no habrá solución. Hasta que los países árabes no se impliquen, junto con Irán y Turquía, no habrá posibilidades de éxito. Y hasta que la Europa amedrentada por los atentados de París y desbordada por la crisis de los refugiados no reaccione de forma contundente y coordinada contra el nido de la serpiente que aloja en su seno, no habrá esperanza. Por lo visto en Antalia, estamos lejos de la solución, teniendo en cuenta además que sólo desalojar al Estado Islámico de sus posiciones no resuelve el problema.

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